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I Am The Walrus

El Libro de Raquel de Martin Amis

El Libro de Raquel de Martin Amis

Un poco de literatura en esta weblog. Nada mejor que recomendaros a este escritor británico al que descubrí en Sevilla. Me acuerdo que era una noche de viernes lluviosa en el mes de Enero. Paseando bajo el paraguas, atravesé el río, llegué al Rectorado, crucé y entré en la librería Beta. Me acerqué a unos cuantos títulos de Anagrama que me llamaron la atención pero no decidí nada y me propuse echar un vistazo por el resto de la librería. Era inmensa. Cuando ya estaba apunto de irme, volví a revisar la estantería de títulos de Anagrama y me gustó aquello del Libro de Raquel. Recuerdo que el que fuera cantante de los Blur, Damon Albarn, citaba la novela Campos de Londres como un referente para la creación de los personajes del disco Parklife. No sé porqué, y aunque el disco me gustaba bastante, eso me hizo no comprar esa sino la primera novela del mismo autor, El Libro de Raquel. Y efectivamente, sin saber que iba a comprar una novela divertida y de las mejores que uno pueda leer sobre la adolescencia y la transición hacia el mundo de los adultos, me busqué unas cuantas pesetas en los bolsillos y pagué para leer las andanzas de este personaje creado por Martin Amis, unos de los escritores más interesantes que conozco y al que seguí la pista con su segunda novela, Dinero.


Recientemente, Martin Amis, además de publicar un ensayo sobre Stalin llamado Koba el Terrible, hizo saltar el escándalo cuando gastó el dinero de un prestigioso premio en empastes para su dentadura. La sociedad británica adora las caries...


 

Tinin Tinin...!

Tinin Tinin...! Música rosa. Sábado rosa, empieza el desfile de coches rosa, de toallas rosa, de bronceados rosa. Mi bronceado no tiene color pero apuesto a que el rosa baña la playa hoy cuando me acerque. De rosa están las calles, de rosa estás tu que lees esto, y no es que lleves un polito rosa, no; es que eres rosa, enterito, vete al espejo, mírate, fíjate bien en los tobillos, observa cómo desde abajo, y poco a poco, el color va inundándote, y tus muslos se vuelven rosa, y tu barriga, aparte de otras cosas, se hace rosa, se vuelve pastel rosa, se hacen rosa las manos, el cuello, los ojos. Y convendrás conmigo en que los ojos rosa son un puntazo ¿verdad? Pues eso, pensamientos rosa, divagaciones inútilmente rosa. Marco rosa, en el rosa que da la vida de vez en cuando.

El aire de los locos

El aire de los locos El aire de los locos sopla y no me preguntes porqué. Sopla a la izquierda, a la derecha, de frente, de cara. Sopla mientras te das cuenta de lo frágiles que son las cosas. Sopla el viento, viene hacia mi, hacia ti, no se escapa nadie. Te levantas con el aire de los locos, con la debilidad, la inestabilidad, lo incierto. Y cuando se despierta, aquel loco que encendía ayer cien cigarrillos, se sirve una cerveza bien fría y grita por el balcón con fuerza: Levante, ¡qué me estas haciendo hijoputa!

Una bici

Estaba rota, los neumáticos destrozados, vieja, mohosa. Era una bici pequeña, con el sillin bastante bajo, la cadena inservible, los piñones gastados. ¿Qué hacía allí? Amarrada con cadena a una farola, parecía llevar allí más de un mes por el aspecto, atada, quieta, sin vida. Cuando ves a un niño en una bicicleta ¿qué piensas? ¿te acuerdas de cuando aprendiste a montar en bici? La sensación esa de, guau, estoy en equilibrio, no me voy a caer, no me voy a ir al suelo. Y luego te vas, y luego la montas diez mil quinientas veces más, pero nunca, jamás, como esa primera vez, cuando parecía que te ibas al cielo con la bici... Cuando ves a los niños en bicicleta los ves a ellos y a su ilusión o como quieras llamarlo... Pero si ves a una bici muda, sola, rota, atada inútilmente a una farola, incomprensible allí en medio de una avenida, con el paso del tiempo en el manillar y el desgaste de los días en la cadena... Yo qué quieren que les diga. Yo me pongo raro y me da por pensar estas cosas. Inmediatamente se me viene a la cabeza que hay personas que son como esa bici, atadas inútil e incomprensiblemente a una farola, solas en medio de una avenida, rotas, destrozadas, raídas, mohosas, oscuras.

Pero vamos, seguí pa’lante y vi un BMW aparcado en una esquina. Tenía diez dedos de polvo y las parte trasera como la furgoneta del Equipo A. Así que bueno, se me pasó el Strange Mood.

Me siento como una mojarra

Me siento como una mojarra

Las mojarras son frescas, corren libres, chapotean, resbalan, llegan, se van, vuelven, regresan, no vuelven, no regresan, estan quietas, se mueven. Todo esto lo hacen las mojarras. Y yo, amigos lectores, además de sentirme como una mojarra, estoy feliz. Y como estoy feliz, escribo esto y subo una foto estupenda de la gran mojarra, la mojarra de siempre, la que nunca te deja, la que, entre bancos y bancos de mojarras, llega siempre la primera. Va por ti, mojarrita.

¡¡Agua por favor!!

¡¡Agua por favor!!

Son las cuatro de la tarde de un día caluroso en Rota. Desde las diez de la mañana me han cortado el agua, esa cosa que está por todas partes, que cae de las fuentes y los peñascos, que brota de las sierras y de las montañas, el agua que llueve del cielo, que llevan los ríos, que son los no sé qué que van a dar al mar, según un poeta famoso del siglo ese. Estoy hasta ¿lo digo? hasta ¿es grosero? hasta, ¿me lo tendran en cuenta?, los ¿creen que al final lo diré? co ¿no lo digo? No lo digo pero estoy impaciente. Si alguien, no sé, alguien de Bulgaria o de Estoril o de Kenia puede enviar una poquita pa cá, que se enrolle hombre que aqui el alcalde ni avisa ni tiene verguenza. Me tengo que afeitar alcalde.

ARTURO PÉREZ REVERTE

ARTURO PÉREZ REVERTE

Esa Rayita Chunga es el artículo que Pérez Reverte publicaba ayer Domingo en El Semanal. No será el primero que os pase. Reverte es pata negra, no hace falta decirlo. Venga, que guste.

Esa Rayita Chunga

Vamos a poner las cosas claras, tío. No te voy a decir nada que no sepas. Pero tu madre me pide que te resuma la película. Según ella, con veinte años te pones de perico hasta las cejas. ¿Quieres que te lo diga con sus mismas palabras? Sin pegas te lo repito: «Mi hijo está hundiéndose en el mundo de la coca y nos está arrastrando a nosotros al infierno». ¿Te reconoces en el retrato? Fíjate lo acojonada que estará, la pobre, para contarme eso. Y contármelo así. También cuenta que me lees desde hace tiempo. Lector acérrimo, te llama. Y ahí me pilla por los huevos, porque de eso a llamarte amigo mío no cabe el canto de un euro. ¿Comprendes? Me implica y me compromete. Un amigo tuyo se está jodiendo la vida con la puta coca, viene a contar –en traducción libre, claro, porque tu vieja no habla así ni de coña–, así que dile algo. Y aquí me tienes, oye. Diciéndotelo.

Vaya por delante que comprendo lo fácil que es. Te vas de fiesta con tu churri el sábado por la noche, empiezas la marcha, pillas un ciego entre música y baile, y siempre hay un amigo, o tú mismo, que tiene a mano treinta mortadelos para medio gramo; y como en este país de mierda todo cristo trapichea con perico sin que pase nada, te basta mirar alrededor y encuentras suficiente para empolvaros tú y tu cari, y encima aún queda para un nevadito como postre. Eso también lo comprendo. Las pirulas, como a estas alturas sabe todo dios –menos los retrasados mentales que aún las engullen–, tienen muy mal rollo y te hacen polvo; y cuando mezcla, la peña palma que te rilas. Por otra parte, si te emporras te vas abajo y se acaba la fiesta. Así que el perico parece lo adecuado. ¿Verdad? Te pones hasta las patas de alcohol, luego te metes una raya, y acto seguido te comes el mundo, tan lúcido y despejado como si acabaras de salir de la ducha. Pero tiene truco, tío. Te lo juro. Es como jugar al póker con el diablo de tahúr. A la larga siempre pierdes.

Puedes perder, sin más, en la primera mano. Que pasa mucho, por cierto. A tu edad uno se cree inmortal. Invulnerable. Metes a tu pavita en el Focus o el Ibiza, lo pones a ciento ochenta y te crees lúcido y despejado. Yo controlo, dices. Nos vemos en tal sitio para seguir la fiesta. Y donde te ven al día siguiente es en las páginas de sucesos, colega, con la gente que mueve la cabeza y dice: otro gilipollas que no sólo palmó él, que todavía, sino que palmó con la novia, con dos amigos y con un pobre hombre que venía en dirección contraria, camino del trabajo, a las seis de la mañana. Otro cretino irresponsable que, ignorando el valor de la vida, la derrochó estúpidamente y se la quitó a unos cuantos más. Un tiñalpa cutre que, como decía Clint Eastwood en Sin perdón, perdió cuanto tenía y también cuanto podría llegar a tener. Y ese será tu epitafio, amigo. Todos nos iremos un día. Sí. Pero tú te habrás ido mucho antes. Como un carajote, que dicen los andaluces. Como un imbécil.

También queda la segunda posibilidad, y no sé cuál es peor. Puede que tengas suerte y sobrevivas. Te harás mayor, tendrás un curro, te casarás o lo que sea. Y aunque eres un tío seguro y dices que controlas, que sólo es de sábado en sábado y etcétera, llegará un momento en que no podrás hacer nada importante sin cantar línea en ese bingo. De eso dependerá la concentración, la lucidez, la energía. Serás un esclavo toda tu vida, o la vida que te quede por vivir. Porque ésa es otra. La coca rompe los sesos, colega. Ese anuncio del gusano que se mete por las napias es, por una vez, verdad de la buena. Cuando de tanto dejarlo para más tarde tengas el tabique nasal hecho polvo, cuando sangres como un gorrino y te pases el día sorbiéndote los mocos con la gente mirándote entre compasiva y asqueada, y necesites empericarte, no ya con medio gramo un fin de semana, sino con un gramo diario, y se te vaya la viruta en pagarte las dosis –echa cuentas en euros y acojónate, colega–, lamentarás no haberte conformado aquellos sábados con unas cervezas. Si no reaccionas a tiempo, te habrás convertido en una piltrafa. Y lo que es peor: lo sabrás cada vez que te mires al espejo. Para entonces puede que me sigas leyendo, si aún le doy a la tecla. Igual sí, igual no. Pero si quieres que te diga la verdad, me importa un bledo que a esas alturas me leas o no, porque ya no serás ni sombra de lo que eres. Ni yo estaré orgulloso de llamarte amigo, ni lo mío te servirá para nada. Serás un perfecto mierdecilla, tío. ¿De verdad vas a hacernos a tu madre y a mí esa putada?

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