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I Am The Walrus

En fin... (de año)

¿El fin (de año) justifica los medios?

Al fin (de año) solos

Al fin (de año) juntos

En fin (de año) Serafín (y lo que sigue)

A fin (de año) de cuentas

Un sinfin (de años)

Fin(de año)almente, abrazamos, por fin (de año) el 2013 porque desde el principio hasta el fin (de año) todo es ponerse, con un fin (de año) en mente.

The End (de año)

 

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Respeto para el 15-M

Gente de todas las edades, ideologías, creencias. Y todos con algo en común: querer una sociedad más justa, en paz, equilibrada. Este movimiento puede llegar muy lejos. Tiempo al tiempo.

En el vídeo, la llamada de Cristina a la radio pública española, un comentario bastante respetuoso, muy preciso y que comparto completamente.

Sunset Boulevard

Sunset Boulevard

John, Alba, Akira, Lars, Avner y Gwyneth  son distintos muchachos y muchachas de dieciocho o diecinueve años que, en distintos puntos de la tierra, y al mismo tiempo, protagonizan esta pequeña historia que tenéis delante.

Hacía ya un par de horas que todos ellos habían leído u oído, en algún lugar, la palabra “lacónico”. Con sus respectivas culturas poniendo la diferencia pertinente, todos ellos se habían preguntado si aquella palabra no venía del Lacón con grelos y decidieron una cosa: lo buscaremos en Google. Pero no pudieron. Sus padres habían planeado llevárselos yo no sé dónde y debían apagar el ordenador. Ni se pararon a pensar: “se lo voy a preguntar a mi madre” La idea era buscarlo más tarde, en Google.

El caso es que todos ellos iban yo no sé dónde a ver una puesta de sol. Sus padres habían decidido hacer un picnic con mantel de cuadros mirando cómo se ponía el sol. Desde que estuvieron en Croacia le pillaron el gusto a las puestas de sol. Y sus hijos, según ellos, debían verlas, apreciarlas. Eran muy conscientes y cuidadosos con la educación de sus hijos. Podían dejarlos veinte horas frente al ordenador pero las puestas de sol había que verlas, una vez al mes o dos veces si la cosa iba bien.

 “El sábado que viene toca la puesta de sol” les habían repetido mil veces. Dieciocho o diecinueve años ya daban para saber lo que era una puesta de sol, sin esta tontería del picnic con el mantel de cuadros y las cestas de mimbre, y los bocadillitos y las pastas con té, y caperucita roja y el lobo, que habían ideado su padres (menopáusicos padres, decían ellos, que están locos, repetía otra).

De hecho, lo habían buscado en Google. Lo habían visto en Google. Incluso habían visto a un tío calvo peinándose en Google, mientras veían la puesta de sol. Asombroso, repitieron mientras veían al calvo y le daban a pantalla completa, zoom 90%, (y HD, parar la música de fondo, actualizaciones listas para instalar, mensaje en facebook…). No veo el peine, dijo uno de ellos. No alcanzo a verle el pelo, dijo otra.

En fin, llegó el día de la excursión a yo no sé dónde para ver la puesta de sol. Aparcaron y buscaron un pequeño rincón donde desplegar el pequeño campamento. Allí estaban ellos, otra vez, un escarabajo subiéndose por la cestita de mimbre con pastas danesas o el mosquito de turno haciendo excursión por la nocilla, todos  abrumados por los colores del atardecer, del azul al rojo, del rojo al violeta, todo pausado, lento, con el vuelo lejano de una pareja de gaviotas y el ruido de fondo de una ola que sonaba como un arpa. Había que escuchar al silencio, dejar que los sentidos se vaciaran del estruendo y la prisa, de las motos y los coches, de las máquinas, del hombre. Paz, se dijeron sus padres, como revelados y alumbrados por una noticia sobrecogedora, no es que EEUU deje Irak. La paz es esto, cállate niño y mira.

Sus niños, todos ellos, estaban raros. No sabían qué hacer con aquello. No había por dónde coger el “ratón” (ni siquiera al de verdad que había pasado un minuto antes entre los bocadillos de queso), no podían abrirle una ventana a otra cosa que no fuera el rojo en estratos que les bañaba la cara coloreándolas como si fueran indios del lejano oeste. Estaban delante de la mejor puesta de sol del siglo, según corroboraría el equipo de National Geographic que les relevó en el picnic con el mantel de cuadros y las mariposas cansadas yéndose a dormir en el bocadillo de crema de cachuete. “Señora, se deja usted el mantel de cuadros” sacando ellos uno de cuadros escoceses (eran el equipo escocés de National Geographic)

Pero no había por dónde maximizar o minimizar para ver Mis Documentos. Así que los niños se dijeron: mañana lo buscaré otra vez en Google. Y cada vez que iban, repetían la jugada al llegar, como buscando algo que no habían podido ver mientras el cielo se caía y la luna empezaba a remover las mareas.

Texto: Marco Bernal

Imagen: Sunset Rota, Cádiz (Spain) en www.lightstalkers.org

¿Poqué estamos tan tensos?

¿Poqué estamos tan tensos?

Palabras que un jefe indio dijo a Carl Gustav Jung, en la visita que este último hizo a Nuevo México en 1925:

"Observa lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son delgados, su nariz es afilada, las arrugas surcan y deforman sus rostros. Sus ojos tienen una expresión de expectativa, como si buscaran sin descanso. ¿Qué es lo que buscan? Los blancos siempre quieren algo, siempre están nerviosos e intranquilos. No sabemos qué quieren. No los entendemos. Creemos que están locos"

El presentador (se) estrella

Se levantó con la sensación de que el mundo había acabado, que ya no quedaba nada por hacer, sin fuerzas, sin ganas, sin ilusión. ¿Para qué? ¿Para morir envenenado por las víboras? ¿Para intentar llegar al agua del oasis en mitad de este desierto de amenazas y matones? Fue entonces cuando aprendió que todos aquellos guiones que le habían obligado a representar estaban cargados con la marca del diablo y que, si bien él no era un tipo malo, se había dejado arrastrar por sus superiores en la lectura del mal y la representación del caos en un plató de televisión. ¿A dónde había dejado la ética? Ayer, mientras pagaba un café, la estuvo buscando en su cartera pero no estaba ahí ni había estado nunca, sospechaba por cómo le miraban sus sobrinos de vez en cuando.

Había hecho tanto daño que ahora, atrapado por los huevos, con toda su vida al descubierto (incluidos sus escarceos con las bocas de riego, a las que frotaba no precisamente para sacar al genio de la lámpara, sus devaneos con las cabras en los establos cuando tenía siete años, los insultos a su madre, a la que llamaba puta y zorra delante de sus hermanos y, sobre todo, su affair con el Rey Don Juan Carlos, motivo para su desaparición de España o del mundo y la vida, según los servicios secretos) sólo deseaba una cosa: que hubiera una lona allí debajo para amortiguar la caída del presentador estrella de España, para no sentir en sus huesos la indeleble huella de la pistola monárquica que ahora le enfriaba la sien mientras el hilo de sudor rozaba el lóbulo de su oreja.

-Policía, llamamos porque hemos visto a un famoso. Ha aterrizado en el capó de nuestro coche. Estamos en el aparcamiento del Hotel Rambla. Está muerto.

-¿El aparcamiento?

- No, no, el aparcamiento está lleno. El presentador.

Marco Bernal

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Elvis no está muerto, está en una isla

Elvis no está muerto, está en una isla

Sí, o no, aún así siempre en la pomada, en el candelero, en el meollo. Digamos que uno disfruta enviando sondas de expansión musical, redobles de siete, nueve u once golpes dobles hacia la caja torácica y sentimental de algún que otro amigo o desconocido humano que vive en Melbourne o quizás en otra urbe sin ubres que no de vacas sagradas indias o quizás algún mormón del desierto americano, ciertamente y si no, pregúntelo.


Estoy aquí, donde hay que estar, escuchando a Elvis. Yo tenía una camiseta que ponía en mi espalda "Elvis is not Dead" ya sabéis, todavía hay algún carajote que sostiene teorías conspiratorias de berza a las cuatro de la tarde con  insoportable etapa llana al sprint en el Giro, la teoría que dice que Elvis no murió sino que se fue a una isla a esconderse y hartarse de mojitos y disfrutar del anonimato y un carajo.


Un cirujano americano al que alquilábamos el campo aquí en Rota me preguntó a mis diecisiete años al verme semejante camiseta: ¿Es verdad? ¿No está muerto? Le respondí: "Quizás, me gusta creer que está vivo. Elvis siempre estará vivo en nuestros corazones" y acto seguido canté el Heartbreak Hotel entero, sorprendente, maravilloso, exultante. Moví las piernas y la cadera de tal manera que ese día no pude ir a entrenar con la Roteña y fui suplente en el primer partido de pretemporada.La mujer del cirujano, o quizás la cirujana era ella, quedó prendada de la camiseta y de mi fanfarronería con Elvis y me dio dos pasajes para Graceland que todavía conservo en conserva con dos pepinillos. Además, ambos me dieron la ciudadanía americana en el acto.


No había internet ni les hacía falta. Estaban tan ilusionados que me invitaron a un Jim Bean y me regalaron una camiseta de granjero leñador del sur de Kansas. Les entusiasmaba la idea de que Elvis pudiera estar vivo en mitad de aquel verano de estiércol y levante, aunque para ellos el levante no significase nada salvo un pellizco en el coño de ella y un excesivo rubor de huevos en él.


Lo que nadie sabe es que Elvis vive en la isla de Cádiz desde el 85. Este es otro tema que trataremos otro día. Por lo pronto, si ya habéis leído esto, por favor, Return To Sender.


La banda sonora de este artículo está aquí, os regalo este fenomenal link de podcasts.


http://podcasts.legacyrecordings.com/rock/page/9

Perímetros del erizado caso del viento cimbreado

Perímetros del erizado caso del viento cimbreado

Quizás sea cierto pero, sin embargo, y al margen de otras cuestiones, puede que haya algo. No se trata de esto, o de lo otro, pero, sin duda, digámoslo así, absolutamente complejo aunque siempre, por otra parte, nada desdeñable. Ciertamente, y en esto no hay que escatimar conjeturas, el entramado básico trata de algo que no podemos apresar en toda su esencia.  Y, esencialmente, acometemos la labor de una manera imprecisa y un tanto difusa como quien lanza jabalinas. Pero es bastante ilustrativo, y a la vez apreciable, que, alejándonos de otras hipótesis, podamos, no de manera simple o compleja sino todo lo contrario, encontrar una vía, bien definida, acotada, recta, libre de vericuetos, por la que, en todo momento o nunca, quizás siempre pero a veces, podamos ver el pequeño momento, grande en disfrute, en que leáis esto y me llaméis y me digáis: "Qué carajo estoy leyendo Marco"

Conversaciones frente al universo

Conversaciones frente al universo

Sigo siendo una araña de Marte. Mis visitas a Pepe, amigo y notable adalid del judaísmo, pentateuco de la noche, suelen ser visitas de halcón de la noche, visitas a la hora del té pero doce horas después. Es decir, cambiamos el té por la ginebra, capital del cantón de su mismo nombre. Hablamos sobre proyectos, sobre la vida,  y discutimos, una canción por ahí, un vídeo por allá, en fin, procesamiento serial  o distribuido en paralelo, quién sabe cómo está afectando la tecnología al cerebro humano.


Ninguna visita ha tenido el poder alegórico que tuvo la de anoche. Un enorme salvapantallas del universo y la tierra girando, dando vueltas, ocultada por el sol, rebanada por un eclipse, untada con mantequilla por la soberbia del ser humano. Todo en una grandísima televisón. Las olas susurraban y se movían lentas y tranquilas en mitad de la noche. La inmesidad del mar siempre me ha parecido un buen relativizador. Pero nunca pensé que un salvapantallas pudiera llegar a serlo. Parece ridículo y lo es, sin duda. Pero más ridículo me sentía yo cuando, en mitad de ese universo, pensaba lo arrogantes que somos como especie. No pude contenerme: "por eso tengo que recoger la mierda de mi perra" Una idea que puede parecer trillada, muy vista, pero, sin duda, necesaria.


A la visita se nos unió agradablemente Marta y seguíamos viendo a la tierra girar en mitad de la habitación, como suspendida en el mar y las olas. Al cabo de un rato dejamos a Pepe dormir, debía ir a la procesión del Corpus al día siguiente, y salimos a la quietud de la noche.


Y en esa quietud de la noche, vamos a ser claros, nos topamos con la estupidez humana, la clase de especie que realmente podemos llegar a ser, esa clase de materia inerte que nunca verá el salvapantallas, un verdadero imbécil al que retorcería el cuello y que, tomando la calle Higuereta como si fueran las 24 horas de Le mans, pasó como gilipollas/trueno poniéndonos en peligro. En esos momentos, con matices, me siento Clint Eastwood. El cobarde seguía en su circuito, acelerando hacia la imbecilidad de la que nunca se separará. Marta y yo, ya más tranquilos, caminábamos preguntándonos por algún gorrión dormido. Había terminado la noche.

Moldes de bimbo

Moldes de bimbo

Quien esté leyendo esto ahora mismo y no se haya duchado que no siga.


Manopla, toalla, jabón.


Refrescaos con agua fría y leedme totalmente renovados. Poneos cómodos y disfrutad. Todo lo que tendemos a ver está normalizado, hay


moldes


para todo, incluido el pan bimbo. Quiero que quitéis esos moldes. Alguien puede pensar, "perfecto, buen momento para quitarme la ropa y caminar desnudo por mi casa" y no, no es eso a lo que me refiero.


Moldes.


Moldes de ideas, moldes de sentimientos, moldes de teorías, moldes de cinismo, moldes de sarcasmo, nihilismo, moldes de calma, moldes de inquietud, moldes de aprensión.


Nada.


Absolutamente nada comparable a la tabula rasa que os conmino (y azafran, tomillo, orégano, clavo etc.) a realizar. Desnudaos de todas las preconcepciones y poned un poco de cámara lenta y procesamiento en vuestras vidas. Telma Schoonmaker no puede ser un referente por mucho que me guste Casino. Y tampoco lo es Pier Paolo Pasolini y sus montajes de berza a las cuatro de la tarde. Pero prefiero no pasar de puntillas por los guisos. Sí, hay un cierto control pero yo os conmino (y canela, pimienta, laurel) a degustar los guisos con planos a lo John Ford aunque den muchos gases. Es decir que, al final del día, vuestra vida se parezca a la maravilla, la obra maestra, la extraordinaria belleza del plano final de Centauros del Desierto. Y ya con eso, de momento, vamos tirando. Que ya es algo.

Reflexión sobre las reflexiones de una tarde de viernes

Reflexión sobre las reflexiones de una tarde de viernes

Sol, sombra, tarde, quietud, lentitud, relojes parados, relojes viejos, averiados, almanaques tachados, antiguos, desfasados, Marzo de 2005 primera semana tachada, segunda semana con cinco notas: Peluquería, Manicura, Freidor, Sex Shop, Farmacia. El tiempo se detiene otra vez, pasa un autobús fuera de hora: la hermana Sonsoles perdió el hábito en la orilla. ¿Perdió usted más cosas hermana? Le pregunta el chófer. "Menos la fé, hasta las bragas", responde la avispada hermana Sonsoles. Es tiempo de frescor, de anuncio de dentrífico, sabor clorofila, de tomarse un helado, de un chapuzón de órdago, de un baño refrigerante, uno de esos baños eléctricos en donde, de repente, tocas a un chapetón con el pie o uno de esos baños donde, sin querer, pescas un pez espada y sales del mar haciendo un diálogo de la Guerra de las Galaxias. " Quitaos la ropa todas o de lo contrario tendréis que rendiros ante mi espada" gritas a todas las señoritas que, tranquilas, toman el sol en la playa. "Perdón" te disculpas. Pero ellas te miran muy raro. Te miran como diciendo "¿Qué clase de insolación es esa?"


Y de nuevo, disculpándome por este nuevo intento de asociación libre, me detengo aquí ante la imposibilidad de dotar de sentido a nada de lo que se me ha ocurrido. Crisis creativa o no, gilipolleces o sí, lo cierto es que ante el panorama creativamente tan pobre al que me he entregado en esta tarde de viernes, me conviene proseguir con el seguimiento a mis calzoncillos en el tendedero, ya secos y bien escurridos después de un verdadero chapuzón playeril.


Que paséis todos un buen fin de semana.


Por cierto, gran fotografía la que os presento. Es uno de mis músicos preferidos, Frank Zappa, junto a sus padres. Encantadora foto.

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Reflexiones de una tarde de viernes

Reflexiones de una tarde de viernes

Hace un poquito de calor, no mucho ni poco, ni tampoco nada. Lo justo. Es decir, se siente, se palpa, se augura, es incipiente, se intuye. No cala pero llega a percibirse en los poros de la piel todavía no sudada. La tarde cae sobre una bicicleta abandonada, sobre un gato borracho tirado a la sombra. En los árboles, la caricia del levante, una caricia bastante caprichosa, un lametón sin ninguna gracia, a veces. Allá en una pared, en la esquina, una pareja comienza a hacer el pino, ensayando malabares absurdos que aprendieron en el circo. "me lo enseñó mi primo el Tela" Y él se ríe. En la otra esquina, un viejo escucha la radio apoyado en un coche que no es suyo. Miles de libélulas cruzan ahora el Danubio. Termino ya, porque no sé qué carajo estoy escribiendo.


Saludos y buen fin de semana.


 

Adolfa Golfina

Adolfa Golfina lleva media hora traspuesta. La narcolepsia es una putada que a ella le sienta tan bien. Puede quedarse dormida en los brazos del primero que pase. Y ella no es puta.

 

Lo que yo tengo es narcolepsia

 

matiza

 

Adolfa Golfina matiza, riza, enfatiza, minimiza, maximiza

 

¿Que pasa? ¿Qué se creen que están leyendo?

 

amortiza, agoniza, satiriza, vampiriza.

 

Adolfa Golfina swingea, menea, bambolea, sortea, volea, golpea, tantea, jadea

 

¿Qué pasa? ¿Qué se creen que están leyendo?

 

Es la reina del glamour. El glamour la han convertido en una de las personas más respetables del panorama “equis”. Pero, con todo, es una guarra, como ella misma afirma.

 

Porque Adolfa Golfina afirma, confirma, reafirma, y me firma. Me firma en un sitio que no pueden ustedes ni imaginarse.

 

Quieta Adolfa, eso…

 

eso no lo manches de tinta.

Cazón en Obama

La vida, en general, y la política, en particular, se componen de pequeños detalles, pequeños movimientos que engloban una totalidad y que llegan a lo más profundo. El senador Obama lo tiene muy claro. Lo sabe. Por eso, en un viaje relámpago y cuidadosamente preparado y encubierto por su servicio secreto, Obama llegó el pasado 20 de Octubre a la Base Naval de Rota. Nadie lo esperaba y, de hecho, todavía hay personal militar que no se explica cómo no ha habido un recibimiento preparado para una llegada así. La respuesta es clara y deja entrever la personalidad del que puede ser el futuro presidente de los Estados Unidos. Ni quiso recibimiento ni debemos atribuir esta maniobra a una excesiva modestia. Se trataba de llegar, estratégicamente, y volcar el voto de un reducto americano, de un trocito de Estados Unidos que todavía vota republicano y que ve con recelo su política, su ideal. Y Obama sabe que no hay nada mejor que aparecer por sorpresa. Y lo hizo. Visitó la escuela, el hospital, las tropas y varios departamentos donde fue recibido con una extraña mezcla de escepticismo y respeto pero siempre esparciendo un aura palpable de elegancia porque, digámoslo ya, Obama es un tipo de una elegancia evidente, hasta cuando va con zapatillas deportivas y sudadera. Y casi, casi, podría recordarte al Rat Pack e imaginártelo dando un mítin en Las Vegas mientras se toma cinco martinis y suelta chistes sobre cómo estar borracho durante todo el día. Aún así, no perdería su aire de político especial.

 

Y bien, digamos que esto eran los negocios, la tarea, el trabajo. Para la diversión, el senador Obama preguntó por algo alejado de la base norteamericana y, entre las propuestas, salió Cádiz. Durante el viaje había sido informado de que era una ciudad milenaria, pequeña, preciosa, la más antigua de Europa. Y Obama quiso verla, visitarla, recorrerla de forma totalmente desapercibida. Como una aparición. Nada de llamar la atención: un coche largo y oscuro, cristales empañados y dentro, la expedición. Lo primero fue la visita a La Caleta. Al verla, Obama soltó con fuerte acento guiri un escueto “no es para tanta copla de Carnaval, isn’t it?” que comenzó a mosquear a ciertas autoridades gaditanas que acompañaban la comitiva especial y encubierta preparada por el servicio secreto. “¿Qué ha dicho que la Caleta no es para tanta copla de Carnaval? era la pregunta más formulada durante la tarde. En la comitiva, un carnavalero autor de diversas y sentidas coplas a la Caleta quedó profundamente herido con estas palabras. Parece ser que a Obama le importó bien poco esto.

 

Cuentan que quedó impresionado con la vista aérea de la ciudad desde la torre Tavira y también con su centro, que decidió recorrer a pie. El paseo lo hizo acompañado de un cierto rumor y cuchicheo que se hacían cada vez más crecientes. En el aire gadita una pregunta: ¿Ese gachó del medio es el Obama ese? El espíritu hiperbólico del gaditano, alimentado por el Levante, le hace estar preparado para estas cosas pero, evidentemente, Obama paseando por la calle ancha y entrando en la librería Quórum para comprar un coleccionable de Drácula es algo que, cuando menos, acojona.

 

Y se percibía, en el peso de la tarde, la libertad que caracteriza a Cádiz, el espíritu libre que le viene del mar y de su pasado ilustrado y glorioso. El paseo de Obama, paquete de pipas en mano,  expresaba, dando esquina a una estrecha calle gaditana, la tranquilidad y la grandeza de alguien que puede manejarnos durante los próximos cuatro años pero que, desde la solemnidad de unas elecciones de las que depende el mundo, decide ir a la Plaza de las Flores y hartarse de pescaito frito. El gesto, acompañado con unas cañas y un tinto, fue captado por el gadita. Las tascas  y los bares de Cádiz, empezando por el legendario bar Manteca, comienzan inmediatamente a corregir las cartas y los menús. Se puede leer Cazón en Obama, sustituyendo al Cazón en Adobo de toda la vida, en una suerte de arenga guasona. Por cierto que no invitó la casa y, aunque Obama acabó harto de Cazón, el senador llegó a pedirse otra media ración de Chocos por lo que se complicó la noche cuando empezaron a tocar las Acedías.

 

Obama regresó a su país y añoró su plato preferido. Nunca sabrá, si no vuelve por este rincón, que el Cazón en Obama lo recordará como la gran esperanza que todos quieren que se cumpla. Toca otra cervecita mientras esperamos. Y ponte unas aceitunitas, por favor.

A los héroes por Manuel Vicent

A los héroes por Manuel Vicent

Admito que cada persona deba ganarse la vida como bien pueda pero nunca entenderé a una clase de periodismo que afirma que el hecho de que Leticia Ortiz, la princesa, lleve una arruga en el pantalón, en una famosa fotografía en El Semanal de El País, es una forma  de acercamiento al pueblo llano y sencillo. Somos gilipollas.

Por eso, cuando leí este artículo de Manuel Vicent, me acordé de los otros periodistas, los que hacen su trabajo y me informan, jugándose la vida en ello si hace falta. Os recomiendo que lo leáis y que nos sirva como reflexión a la hora ver el Tomate.

A los héroes por Manuel Vicent 

Siendo el periodismo una de las profesiones más arriesgadas, es al mismo tiempo una de las más desprestigiadas. Son innumerables los idiotas y truhanes que andan metidos en este oficio, en el que se hace patente una de las lacras del mundo moderno: la diferencia insondable que existe entre el poder de los medios de comunicación y la debilidad de pensamiento o las bajas pasiones que lo sirven. La charlatanería, la maledicencia y la estupidez cubren hoy el planeta a caballo de las más refinadas conquistas de la técnica. Aquel tonto, que era feliz con un lápiz, hoy puede haberse convertido en un descerebrado con un micrófono en la boca dedicado a lanzar insultos al prójimo, que a través del universo pueden llegar hasta los pies del Altísimo, el cual se queda tan ancho; o en un ambicioso cuyos delirios de grandeza se convierten cada mañana en titulares espasmódicos de periódico o en chantajista capaz de sacar tajada de la debilidad humana.

Sobre esta basura mediática se ven obligados a sentarse otros periodistas que sólo pretenden cumplir con su deber de informar correctamente a los lectores. Son unos profesionales anónimos, duros de pelar, fiables e incombustibles. Cada mañana llegan a la redacción y tratan de cocinar ordenadamente toda las miserias del mundo que vomitan los cables, sin esperar nada de la vida que no sea poder mirarse al espejo sin sonrojarse. No hay forma de que se sorprendan de nada. Ninguna catástrofe le hará mover una ceja. Cuando se cumple la hora exacta, al final de una jornada de trabajo, apagan el ordenador, se toman una copa en un bar y vuelven a casa, se estiran en el sofá y en el momento del telediario sólo miran la pantalla de soslayo porque conocen cada noticia desde el revés de la trama.

Y despues están los héroes. Si el periodismo es una profesión muy arriesgada es porque también está servida por unos tipos, que no dudan en acercarse al plato del mastín, jugándose el pellejo, con el único propósito de servir a la dignidad humana y al derecho de la sociedad de estar informada de las brutalidades de los tiranos. La periodista rusa Anna Politkóvskaya baleada recientemente al salir de su ascensor en Moscú estaba escribiendo una crónica que sabía muy bien que le podía costar la vida. Pese a todo, no bajó los brazos. Otros están en la cárcel o mueren en las guerras. Esta profesión seguirá podrida por la base mientras estos héroes y tantos periodistas insobornables deban compartirla con una caterva de idiotas y pequeños canallas.

http://www.elpais.es/articulo/elpporopi/20061015elpepiult_2/Tes/h%C3%A9roes

Atraco en Cádiz de Arturo Pérez Reverte

Atraco en Cádiz de Arturo Pérez Reverte

Me interesan y me suelen gustar bastante los artículos que Arturo Pérez Reverte escribe, desde hace ya muchos años, en El Semanal. El último lo leí hace unos días y se merece estar en esta weblog. Os adjunto también el enlace web donde podéis verlo. http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentecorso


Atraco en Cádiz de Arturo Pérez Reverte.


Cádiz. Última hora de la tarde. Calle casi desierta, a excepción de David, hijo de mi amigo el artista gaditano, especialista en reconstrucción de uniformes históricos, Miguel Ángel Díaz Galeote. David, que tiene catorce años, acaba de salir del colegio y espera sentado en la parada el autobús que lo lleve a casa. Pasa algún coche de vez en cuando. Al rato, atento a la llegada del transporte, ve acercarse una bicicleta desde el extremo de la calle. Sin prestarle atención, sigue hojeando los apuntes que tiene sobre las rodillas, porque dentro de tres días hay examen y lo lleva crudo. Mientras tanto, despacio, la bici llega hasta él. David levanta la vista y comprueba que se ha detenido y que, apoyado en el manillar, lo observa un chico un par de años mayor que él. Uno de esos pishas gaditanos de toda la vida: moreno, escurrido de carnes, pantalones de chándal y camiseta del Cai. El recién llegado lo mira muy fijo. Tiene el aire clásico de los zagales duros de allí. Así que David, pese a ser un crío tranquilo, se mosquea un poco.
–Dame er dinero, quiyo –dice el de la bicicleta.

Los pocos coches que pasan no se percatan de la situación; y aunque así fuera, que se detuvieran es otra cosa. David, que no tiene un pelo de cobarde, tampoco lo tiene de chuleta, ni de tonto. Sabe que allí solo, frente a uno de dieciséis años, va listo. Indefenso total. Así que lo mira a los ojos, procurando no mostrar más preocupación que la justa.
–Sólo llevo un euro –responde–. Para el autobús.
Habla con la calma de quien dice la verdad. El otro lo mira de arriba abajo, despectivo, apoyado en el manillar. Por un momento, David piensa en el reloj que lleva en la muñeca, regalo de sus padres. Espero que no le dé por quitármelo, se dice. Pero al otro sólo le interesa el metálico.
–Vacíate los borsiyos.


Resignado a lo inevitable, David obedece. Deja los apuntes en el suelo y se levanta. Su único capital, el solitario y patético euro, reluce en la palma de su mano. Sin dejar la bici, el otro se apodera del botín. Luego se aleja pedaleando tranquilamente, haciendo eses por la calzada. David suspira, coge sus apuntes y echa a andar por la acera, en la misma dirección por la que se aleja el precoz chorizo que acaba de arrebatarle su capital. Media hora hasta casa, calcula. Algo menos si camina deprisa. A trechos se sorbe un poco la nariz. No está avergonzado –es un chaval sereno y sabe que la vida es así–, pero siente picado el orgullo. Si el otro hubiera tenido su edad, el euro habría tenido que quitárselo a golpes, si se atrevía. Pero las cosas son lo que son. Así que aprieta el paso, inquieto porque llegará tarde a cenar y su madre estará preocupada.
–¿Aónde vas, quiyo?


El joven atracador, que al volverse a mirar atrás lo ha visto caminar, acaba de describir una curva con la bicicleta y ahora pedalea a su altura, mirándolo con curiosidad. Sin aflojar el paso, ceñudo, David responde.
–¿Dónde voy a ir? A mi casa.
–¿Andando?
–Me has quitado el euro.


El otro se queda pensando. Luego le pregunta dónde vive, y David se lo dice. En la calle tal, número cual. Durante un trecho, el pisha sigue pedaleando a su lado, el aire reflexivo, mirándolo de reojo. De pronto frena.
–Sube, quiyo. Que te yevo.
–¿Qué?
–Que subas, oé.


Y entonces, David, con la naturalidad de sus benditos catorce años, se instala en el único asiento de la bici y se agarra a los hombros del choricillo, que, de pie sobre los pedales, sin sentarse, lo lleva tranquilamente por la avenida, durante diez o doce minutos, hasta la puerta misma de su casa.
–Gracias –dice al bajarse.
–De nada, quiyo.
Y el joven atracador se aleja muy digno, pedaleando. Dicho en una palabra: Cádiz.

El Curso

El Curso

Me gusta muchísimo cómo escribe Manuel Vincent. Leerlo es como estar entre matas de tomates, rodeado de lechugas, pimientos y almendros en flor. Si hubo un libro que pude oler más que leer fue su Tranvía a la Malvarrosa.

Vicent publica un artículo cada domingo en la última página de El País. Este me parece muy de él y me gusta que esté en el blog. Espero que lo disfrutéis.

El curso  

MANUEL VICENT
EL PAÍS  -  Última - 30-07-2006

Otro año ha pasado. Doce largos meses. Quienes, recordando la época de estudiantes, partimos todavía los años por las vacaciones de verano sabemos que el curso ha terminado. Por mi parte, aún acostumbro a contar los meses por las frutas que tomo de postre. Sé que será abril cuando haya fresas en la mesa; mayo vendrá acompañado de cerezas y junio dejará paso a las brevas de San Juan y a los albaricoques. El perfume de estas frutas lo llevo asociado aún al tiempo de los exámenes. Mientras estudiaba desesperadamente con el libro abierto bajo el flexo, desde la habitación oía cantar al cuclillo, sonaban acordeones de alguna verbena lejana que traía y se llevaba la brisa, y de la oscuridad de la noche brotaban fuegos artificiales de las fiestas de primavera por toda la huerta de Valencia. La libertad del verano llegaba, de pronto, con las sandías.

Quienes, además de estudiar, nos hemos criado entre campesinos, sabemos que los años se cuentan por cosechas cuyos ritos agrarios uno debe aplicar también a la moral y al arte de vivir. Ahora trato de recordar cuanto de bueno y de malo me ha sucedido a lo largo del año, y lo guardo en la memoria como si cada sensación, un libro, un viaje, una enfermedad, un lance de amor, la muerte de un amigo, fuera el resultado de un cultivo o de un desastre de la naturaleza. Así siembra el trigo el labrador, así maduran los membrillos, así humean las hojas podridas de otoño donde anidan las trufas que descubrirán los cerdos.

El curso ha terminado. Ha pasado otro año. Después de una larga ausencia hay que descubrir el nuevo paisaje que la mente crea en el verano, y otras estancias del propio interior deben ser abiertas y oreadas a la luz de agosto. Es un milagro que se repite al final de cada curso: cargado con la experiencia acumulada durante nueve meses, uno vuelve al mar con el espíritu entero o ya quebrado y encuentra allí todavía algunos placeres de la juventud que nadie ha podido arrebatar.

Puede que aquel bosquecillo de manzanos o el huerto de limoneros esté hoy cubierto de cemento y que el espanto de una guerra, donde mueren tantos inocentes, arruine el último esplendor sobre la hierba, pero más allá de las bombas y de la sangre quedan muchas dulces armonías, agradables músicas, delicados aromas intactos que debes descubrir para seguir aprendiendo. Mientras el verano pasa por encima del sombrero de paja, podrás llegar a una discreta sabiduría si sabes apreciar todavía lo que vale un desayuno entre pájaros, como en aquellos días felices.

Escupiré sobre vuestra tumba de Boris Vian

Escupiré sobre vuestra tumba de Boris Vian

Cuando comencé a leer Escupiré sobre vuestra tumba no pude parar. Había que llegar al final de esta historia, podías sentir la venganza, el odio, la planificación, la sangre fría. Pero también la habilidad para contar una historia y llevarte al final de la manera más sádica.


Boris Vian publicó este libro bajo el pseudónimo de Vernon Sullivan y la crítica dijo que era una obra violenta, pornográfica y descarnada. Llegó a a ser prohibida por atacar descaradamente a la moral y a las buenas costumbres y autor y editor fueron procesados.


Personalmente, creo que la historia de este negro con apariencia de blanco que planea el asesinato de unos racistas asesinos de su hermano es una obra maestra. Boris Vian optó por narrar en primera persona la historia de una venganza fría y sádica que os recomiendo que leáis.


Hay descripciones y diálogos que no tienen desperdicio. Por ejemplo esta conversación entre el protagonista y una de las chicas de la historia.


-¿Qué tengo de especial?


-No sé. Físicamente estás bien, pero hay otra cosa. Tu voz, por ejemplo.


-¿Ah, sí?


-No es una voz corriente.


Me eché a reír otra vez, con ganas.


-No lo es - insistió -. Es una voz más grave..., y más..., no sé cómo decirlo..., más equilibrada.


-Es por la costumbre de cantar y tocar la guitarra.


-No - dijo ella- . Nunca he oído a ningún cantante o guitarrista que cante como tú. He oído voces que me recuerdan a la tuya, sí..., allí..., en Haití. Los negros.


-Me halagas - dije yo -, son los mejores músicos del mundo.


-¡No digas tonterías!


-Toda la música americana ha salido de ellos - afirmé.


-No lo creo. Todas las grandes orquestas son de blancos.


-Claro, los blancos están en mejor posición para explotar los descubrimientos de los negros.


-No creo que tengas razón. Todos los grandes compositores son blancos.


- Duke Ellington, por ejemplo.


-No, Gershwin, Kern y todos esos.


-Todos europeos emigrados - le aseguré -. Son los peores explotadores. No creo que en todo Gershwin se pueda encontrar un solo pasaje original, que no haya sido copiado, plagiado o reproducido. Te desafío a que encuentres uno solo en toda la Rhapsody in Blue...


-Eres extraño -respondió-. Detesto a los negros.

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Un recuerdo (de pepinos y berenjenas)

Un recuerdo (de pepinos y berenjenas)

Inauguro esta sección en la que escribo mis propios relatos. Un recuerdo es una historia que escribí el verano pasado, después de la serie de relatos sobre Armando, famoso viticultor y borracho.

UN RECUERDO 

Hubo un día, no importa cual, en el que el abuelo de Carmen, con Carmen en sus brazos, pequeña, la mirada dulce, quiso contarle a su nieta historias y cuentos que él inventaba. Solía contarle muchas cosas, muchas historias, muchísimos cuentos. Pero aquel día, diferente al resto, el abuelo de Carmen comenzó a hablar de  

pepinos y berenjenas. 

Carmen, dormida ya casi por el susurro y la cadencia que sólo emanan las personas suaves y silenciosas, disfrutó de la historia y se fue a la cama con muy buen gusto. En su sueño, se mezclaban pepinos con berenjenas, pimientos con higos chumbos, y a Carmen le parecía estar en el paraíso con las historias que su abuelo le había contado. 

Con el tiempo, muchas veces recuerdas cosas de cuando eras pequeño, la comida que tu madre te obligaba a comer, la tarde de sábado cuando te ibas con tus amigos, que a lo mejor ya no son amigos o ni existen. Todos recordamos historias, historias que contaba el listillo, historias que contaba un niño malo o rebelde, historias que oías a tu madre o a tu hermano, historias que luego fueron verdad y verdades que luego fueron mentira…

Miles de cosas.

Pero Carmen,  todavía hoy, bendito sea Dios y lo vea, sólo recuerda (aunque sabe que hay otras cosas)

pepinos y berenjenas.

Carmen  creció entre huertos, entre lechugas, entre coles, con el aroma de las matas de tomates o el tacto de los melocotones. Era una forma suave de crecer, la mejor forma que hay de hacerse grande.  Y Carmen, anteayer, recién levantada, fresca y ligeramente elegante, se acercó al puesto de hortalizas al que siempre iba su madre y al que, antes, mucho antes, habían ido sus abuelos. En su mente, ¿qué crees que había?, 

pues sí, has acertado,  

pepinos y berenjenas.

Ese día, anteayer, Carmen caminó con la alegría que sólo dan los productos naturales  y miró de arriba abajo toda clase de hortalizas. Prestó atención a los pepinos  y a las berenjenas y pensó que su abuelo, el grandísimo abuelo que era, no pudo hablarle de misiles o de combates, de guerras civiles o de pistolas, de peleas o de malos viajes. Porque su abuelo le habló de hortalizas, de frutas, de telas, de ropas, de pintura, de mujeres elegantes y decididas, de hombres fuertes y sensibles, de personas.

Y cuando Carmen comprendió que la grandeza y la suavidad de la vida estaban en ese puesto y no importaba el precio de cada una de las cosas que ofrecía porque, para ella, tenían el valor de verse en los brazos de su abuelo, veinte años atras, se acercó a lo que ella llamaba felicidad, por más que luego 

y ese luego lo tenemos todos,  

supiera que el mundo está podrido y la fruta no está fresca. 

Y se fue Carmen a su casa con tres pepinos y cuatro berenjenas para hacer una comida que, permítanme que lo diga, estaba escandalosamente rica. 

                                                                                                                                                               Marco Bernal. 

El contexto urbano y social en la novela “Semilla de Áloe” de José F. Ruiz Mata.

El contexto urbano y social en la novela “Semilla de Áloe” de José F. Ruiz Mata.

Pepin ha escrito este interesante artículo que inaugura las colaboraciones de redactores invitados. Se trata de su estupendo análisis del libro Semilla de Áloe, de su paisano José F. Ruiz Mata. Disfrutadlo.


 


 


Redactor invitado autor del texto:


José Francisco Marín 




Hemos descubierto la novela “ Semilla de Áloe de mano de su autor, José F. Ruiz Mata (Jerez, 1953), en estas relaciones nada formales en las que, desde hace un par de años, venimos entrecruzando amistades, situaciones y apoyos entre las personas de la zona Sur de Jerez y los barrios de la ribera del Besòs del área metropolitana de Barcelona. De ello vamos dejando señales en esta página web y en alguna otra publicación. El valor literario del texto comentado no es aquí, ni precisamente por mí, donde ponerlo de relieve. Nos remitimos a los lugares donde ello, con competencia, se ha llevado a cabo. Simplemente, como lector empedernido -desde mi niñez en la biblioteca municipal de San Dionisio de Jerez-, recomiendo la novela a mis amigos y hago circular mi ejemplar.


Publicada hace diez años, “ Semilla de Áloe ” cuenta la historia de dos personajes cuyas vidas, a pesar de su distinto origen, aunque nacidos en la misma ciudad, acaban confluyendo en la misma cárcel, el mismo barrio marginal , y la misma mujer. Aunque no se menciona explícitamente, la historia se ubica en Jerez y el “barrio marginal” se sitúa en la Zona Sur. Allí mismo donde hemos conocido a su autor. De igual manera que varias de las intervenciones en el encuentro de Jerez fueron acompañadas de un rico material gráfico, lo pudieran haber sido del referente literario de Ruiz Mata. (Idea ésta que no abandono). Su propia intervención –que pronto podremos consultar en esta misma web- era un explícito referente, me parece, al planteamiento reflejado en su novela. Me he decidido traer, a manera de flash, la interrelación entre barrio y ciudad, ciudad dual y clases sociales, estructuras grupales y varios otros temas que Ruiz Mata presentó con maestría literaria y analítica, hace diez años ya, en su obra “Semilla de áloe”, porque pienso que recupera para la memoria la génesis social y urbanística de lo que hoy es toda la Zona Sur de Jerez. Y lo hace sin mencionarla y convirtiendo el caso en “arquetipo”. En “Semilla de Áloe”, al menos, Ruiz Mata no es un autor “localista”. En su historia se puede reconocer el territorio de todas las historias de ciudades duales, injustas socialmente, y contrapuestas urbanamente en “centro” y “periferia”; “los de arriba” y “los de abajo”. He sido yo quien, por indicios de su autor, he hecho una lectura “localizada” de la novela: en Jerez y durante los años de la construcción del primero de los barrios de la Zona Sur. Ruiz Mata firma, además, su obra en Andalucía , no en Jerez. Y no porque estemos aún en tiempos de tenerse que callar el nombre del lugar o referirse a Jerez como Laverna , como hizo Manuel Moreno Barranco en su “Arcadia feliz”  aunque ello no le libró de morir asesinado en la cárcel de su ciudad. Sencillamente, porque el mundo creado por el autor no es tanto territorial cuanto de libertad y supervivencia. En la novela de Ruiz Mata el paisaje no es un decorado. Existe una tal interacción entre territorio y grupo, que éste queda condicionado en su manera de ser y actuar.


Ruiz Mata ha escrito una novela, no un estudio “sociológico” sobre un barrio marginal (de Jerez) en una determinada época. Y al estructurar su relato ha evitado ser nominalmente localista. Nada que ver, por tanto, con el paradigma de novela de “barrio marginado” que en Catalunya, durante décadas, hemos tenido como referente: “Donde la ciudad cambia de nombre” de Paco Candel. Soy yo, como interesado en la necesidad de que los “estudiosos sociales” capten la dimensión genética de los territorios y comunidades aprovechando las “otras miradas”, quien señala el penetrante análisis de “territorio y comunidad” contenido en la novela de José F. Ruiz Mata. Insisto en ello por la profundidad que esas otras “miradas” -aquí la de un novelista- les dan a elementos que, en la mayoría de los casos, los técnicos urbanistas y sociales no tienen en cuenta y, en el peor de los casos, ni valoran (“científicamente”).


Que yo recuerde ahora, solo una calle encuentro en la novela de Ruiz Mata que pueda identificar sobre mi plano mental de la ciudad de Jerez. La calle del Aire, espalda de la iglesia “colegiá”, hoy catedral de la diócesis de Sidonia. Habiendo tenido la suerte de que el propio autor me haya insinuado el territorio físico de su relato, ha sido un gozo la lectura identificadora del recorrido urbano de sus personajes. Si hubiera tenido la suerte de descubrir por mí directamente esta novela, sin conocer tan siquiera que Ruiz Mata era y vive en Jerez, ¿mi imaginación lectora hubiera proyectado sobre el texto, al ritmo de su lectura, el territorio con el que ahora lo he hecho? Seguro que no. Hubiera proyectado otros barrios y otras barracas donde he vivido y cuyo mundo, por dentro, he conocido. Hubiera realizado, eso sí. -y es por lo que he querido traer esta novela a nuestro rincón de “Libros y barrios”- el descubrimiento de un autor que penetra con profundidad, y con sus herramientas de escritor, en los repliegues complejos de los barrios marginados y en la psicología de sus habitantes.


Estas notas son el resultado de una lectura sumergida en la naturaleza compleja del relato. He caminado a través de sus páginas por lo vericuetos de un texto en el que hábilmente se entrecruza “la novela negra, el realismo casi costumbrista, y por otro, la fábula irreal e irónica”. Pasajes de descarnada realidad, encadenados a imágenes de la ciudad que se muestran con la magia del trasfondo onírico. Escenas proyectadas como sombras chinas por la luz fluctuante de un reverbero.


Por los mismo, no he hecho una lectura “reduccionista” de la obra, sino que, teniendo en cuenta esta riqueza literaria y múltiple del texto, he buscado “contextualizar” mis observaciones y conclusiones en su genero literario para obtener un resultado “objetivo”, asumible y válido para aportar al análisis holístico. Sin pretender ir más allá del uso, en la lectura de la obra, de unas sencillas normas, al alcance de todos, en crítica textual.


Hablaba de la identificación de una calle de Jerez. Pero soy consciente de que el paisaje que nos muestra el autor pertenece, en ese texto, no simplemente a una ciudad física, sino a esa ciudad complejamente interiorizada, paraíso de la infancia, símbolo no ya de lo que se ha perdido, sino de lo que nunca se llegará a tener. Ese espacio que configura –por encima de todo- el horizonte utópico de la supervivencia contra toda esperanza. El espacio, referente simbólico, de nuestra personal utopía. En mi lectura, de cuyas conclusiones libro totalmente a su autor, he sentido vislumbrar connotaciones múltiples –como en la estancia de su novela a la luz tenue y fantasmal del reverbero- del relato con determinadas teorías sobre el arte de la arquitectura y el urbanismo. Entre ellas, la insistente tesis que en su día Georges Bataille lanzaba sobre la ciudad que, como proyecto, –reafirmaba con obstinación-, fue siempre pensada desde la necesidad, no de la forma o el canon, sino desde la propia noción de libertad. Yo diría que en la novela de Ruiz Mata se proyecta, con profundidad analítica y narrativa compleja y lúcida, una constante presente ya, y no resuelta, en los análisis situacionistas y retomada, más recientemente, por la arquitectura radical : el conflicto, espacialmente considerado, entre privado y público, entre individuo y sociedad, entre conducta y cultura, y que, en la actualidad, se vuelve a cuestionar en un contexto cultural y político nuevo. El planteamiento espacial de “Semilla de Áloe” tiene la fuerza simbólica –y, por ello mismo, polisémica- de la ciudad/barrio “utópica y realista” a la vez, en donde es posible, al tiempo, otras historias y múltiple maneras de habitar. Todo ello, en la novela de Ruiz Mata, pasa de lo genérico a la imagen. Veámoslo en sus textos. La lucha por existir y ser más allá de, y como contraposición, al “canal, los cañaverales, el azud, las aguas purulentas y el fondo de la bahía presentida en la brisa húmeda del atardecer”:


Yo conocía bien aquella zona de la ciudad, o al menos eso era lo que creía. Atravesamos los tenderetes del mercado antiguo, recorrimos la parte de atrás de la catedral, bajamos por la cuesta del convento y entramos en la calle del Aire , a la que tantas veces fui a jugar a la pelota de pequeño. A ambos lados tenía unas tapias bajas por las que se asomaban las ramas de algunos árboles. Al fondo la oscuridad absoluta, pero yo sabía que el callejón continuaba hasta unas casas en ruina. A media pared apareció una puerta pequeña de madera vieja y casi desportillada. No recordaba haberla visto cuando venía a jugar allí ". (p. 160)


Encontramos referentes más “paradisíacos”, si cabe, envueltos en el más puro realismo descriptivo del entorno urbano, al ir narrando un paseo nocturno por el centro:


Sentí los olores de la madrugada: jazmín y azahar mezclados con los contenedores y esquinas orinadas. Olor a humanidad desde algún balcón abierto al frescor y la calma. Miré hacia arriba y las estrellas se escondían entre las azoteas y los tejados, jugaban a ocultar sus nombres, a dejarse guiar por el espacio entre callejones y plazoletas. Evoqué por unos instantes alguna parte de la Séptima sinfonía de Beethoven, pero sólo fue la ráfaga de un antiguo recuerdo” (p. 153)


Vuelvo a insistir en algo ya dicho. La novela de Ruiz Mata aporta un gran interés al análisis social de la marginación, de los barrios periféricos y marginados, de las ciudades “duales”, no porque en ella se ubique una historia “canalla” en un “barrio maldito”. La importancia del texto radica en que es una profunda mirada analítica, desde su relato novelístico, de la realidad social de la marginación (causas, génesis, estructuras sociales, psicología y desencadenantes del comportamiento, agresividad...). La aparente sencillez de su relato es la mirada profunda a complejidades y repliegues de las conciencias y comportamientos individuales y sociales. Esto es lo que realmente me ha interesado más allá de, o mejor dicho, a más de su valor literario como novela. Una novela -sea cual fuere su tema- puede ser mala novela o buena. La de Ruiz Mata es, a mi parecer, espléndida. Y, por añadidura, se centra en un contexto urbano real que me ha hecho emerger, desde el pozo del inconsciente y el fontanal de la memoria, la verdadera causa de ciertos compromisos y preocupaciones personales.


Con persistencia sigo insistiendo en la importancia de asumir “otras miradas” en nuestro ámbito antropológico y social del análisis de la conflictividad en barrios y comunidades excluidas. Sobre todo, en el momento de iniciar un diálogo con la realidad desde una perspectiva holística, compleja, compartida, relativizada, no dogmática ni, mucho menos, “redentora ni misionera”, encubierta en muchas poses pseudo progresistas. Máxime cuando se quiere poner en marcha una transformación, por mínima que ella sea, de esa realidad. La realidad es compleja. Para captarla hay que sumar “miradas”, escuchar otras “lecturas” y tener en cuenta otras perspectivas y diferentes modos de enfocar y entender lo que sucede. No nos pase como a los tecnócratas brasileños que quedaron perplejos cuando escucharon, del mejor urbanista por ellos contratado, que la solución a la favela era la “favela” (reincorporada a la ciudad), y no los barrios dormitorios “alternativos” que proponían desde las Administraciones. La realidad es compleja y la mirada inteligente que la penetra es simple aunque profunda.


Vi... la sola selva de los hombres solos ”, con esta cita de Lavinia o Libro de la Pureza de Alfonso Sánchez Ferrajón –ése jerezano que lo fue por mérito propio- abre su novela Ruiz Mata. Es toda una visión del hombre y su entorno. El eje axial, a mi entender, de la novela o, al menos, de una de sus posibles lecturas.


El relato novelístico de “ Semilla de Áloe ” se divide en tres partes: 1. Junto al canal, 2. El vínculo y 3. Abajo de la cuesta. El vínculo que ha unido a ambos personajes, Juan Orozco y el narrador, es la cárcel; anteriormente uno vivió “junto al canal”, ese espacio marginado que queda “abajo de la cuesta”, contemplado desde arriba de la ciudad donde el otro vivió, y a donde bajará a ocupar su lugar o, mejor, a encontrar el suyo propio, tras las huellas de la familia y el entorno del amigo muerto.


La estructura narrativa queda resuelta con inteligencia. Una sola voz es la que “nos cuenta” todo. Lo que le sucedió al primer personaje hasta su muerte en el penal, escrito como trascripción de lo escuchado a Juan Orozco, y la narración directa del proceso de ir ocupando su lugar en la familia y en el barrio. No vemos, realmente, el mundo de Juan Orozco, sino la transmisión de sus vivencias a su amigo que, transcritas por éste, él nos la “lee” y, con su posterior presencia y descubrimiento de las personas y del espacio real, nos contrasta lo “oído e interiorizado” con lo percibido por él y descubierto. Son juegos de realidad y percepción, relación, compromiso y opción personal. La novela es todo un profundo y hábil ejercicio calidoscópico que transcribe profundamente los repliegues de las personas, los sentimientos, los enfrentamientos; las contraposiciones de los territorios, la percepción de la ciudad y la veracidad convincente de los hechos narrados. Se necesita más de una lectura serenada para descubrir estos entresijos. Usaremos el doble color (rojo y negro) para mostrar, a golpe de vista, si el trozo que citamos pertenece al relato de Juan Orozco, trascrito por su amigo, o a la voz directa del narrador, a su directa percepción.


Las citas que hago, con abundancia, de determinados textos de la novela de Ruiz Mata no quieren ser en ellas mismas -como pruebas apodícticas - una “demostración” determinante de que en ella se “refleja”, novelísticamente, un “esquema” determinado de análisis social sobre barrios marginados. Faltaría más. Todo lo contrario. Intentamos señalar como se puede enriquecer un análisis social y antropológico con “otras miradas”. En el presente caso, con la de un novelista. Los aspectos que sugerimos con dichos textos los hemos deducido del contexto narrativo en el que ellos, dentro de la novela, están enmarcados. Con ellos hemos pretendido avalar lo que señalamos: que “ Semilla de Áloe ” es una novela espléndida “con un certero análisis social de un barrio marginado”. Creemos haberlo conseguido aportando sus propios textos mínimamente contextualizados en su estilo literario complejo y diverso.


El título “Semilla de Áloe”, ¿señal para una determinada lectura concreta de la novela? :


No dejaré de repetir que la presente aportación no deja de ser anotaciones personales al hilo de la lectura, tras el descubrimiento –tardío- de un autor que, su manera y modo de escribir, sus temas y su estilo, me han dejado, primero, sorprendido, y tras nueva lectura, conquistado como lector.


No se si un título, éste título, “Semilla de Áloe”, es la quintaesencia narrativa de ese “bolo” que ahoga. Como mínimo, marca un interés y una indicación (prejuzgo que del autor) para una de las múltiples lecturas posibles de la novela. Da razón de la raíz de un modo de ser y actuar que se alimenta del “nutriente social” de la marginación, la injusticia, la exclusión...


La semilla que desde pequeño dormía en mi pecho se iba desarrollando, notaba cómo adquiría una conciencia visceral y acaparadora; yo la acunaba en la esperanza de que un día fuese un árbol grande y fuerte ” (p.38)


La tensión vivida a cuenta de todo aquello... El árbol iba creciendo por momento... Pero nada de eso me hizo disolver el bolo de áloe que me atoraba la garganta” (p.42)


“A cada momento que pasaba se me encendía más la sangre... tenía ganas de romperlo todo, de arrasar el barrio, la ciudad, matarlos a todos. Sentí, como nunca hasta entonces, a ese árbol interior crecer y ocupar todas mis entrañas, notaba cómo metía sus ramas entre mis brazos, sus raíces por mis piernas. Ya no tenía corazón, sino un trozo de ébano que me daba el empuje de un toro” ( p. 57)


¡Cuantas deudas podría saldar aquella noche! Notaba la antigua semilla convertida ya en árbol, que me llamaba a gritos pidiendo un rato de satisfacción... (p.65)


... rompía cuanto se le antojaba, cuanto le pudiese servir para disolver el bolo de áloe que tenía aposentado en medio del esófago” (p. 150)


Esta violencia, que se desarrolla interiormente como un árbol, es semilla natural del medio; y se introduce dentro y fructifica en los mejores, en los indomables, en los que no se abaten a la sumisión. Nace en los rebeldes desde que comienzan a tener conciencia de sí mismo, como un aprendizaje de supervivencia:


... le dio tal golpe... en la cabeza... que lo dejó frito. Yo lo vi desde las cañas del arroyo, y me quedé allí escondido hasta que anocheció... No le dije nada a mi madre ni a nadie; sabía que las cosas eran así, y que a ninguno le importaba lo que no fuera con él o con la gente de su familia ” (p.11)


Esta violencia interna que crece es connatural al medio social contrapuesto y excluyente. Vivir en un lugar del que no sólo estás “excluido”, sino del que te sabes “expulsado”, es tener extirpado de raíz el “derecho de ciudadanía” ( [10] ). Nuestro personaje central, que de la ciudad baja al barrio y del barrio sube al centro, recorriendo los lugares de violencia de Juan Orozco, queda, también él, atrapado en el deseo o impulso de la reacción violenta. A él, también, en su interior le crece la “semilla de áloe”.


Tentado estuve de prender fuego a las cortinas y ver qué tal se disolvía es maraña de seres vivos que se hacinaban a oscuras ” (p. 155)


La casualidad me llevó a la avenida de la Alcaicería, donde estaba ese bar musical en el que Juan ajustó las cuentas a aquel médico imbécil... Más tarde, una vez reconstruidos los hechos de una forma lógica, entré en el bar a conocer el ambiente. De buena gana me hubiera liado a tiros con la mitad de los presentes...(p. 151)


Como sabemos, cada barrio es su historia y, en cada uno de ellos, los problemas tienen su peculiar modo de ser. Aquello que en otro lugar hemos descrito conceptualmente para los barrios periféricos y marginales ( [11] ) lo encontramos con fuerza y color en la novela de Ruiz Mata. Veamos varias imágenes que más que presentarnos el barrio nos introduce sugestivamente en él, al hilo vigoroso y tenso de su relato:


Mi madre dice que yo nací una noche de invierno con mucho frío y mucho agua, de esas que parece como si el viento no estuviese contento en ningún sitio y se dedicara a pasarnos por encima y por los lados a disgustos. Vine al mundo en una chabola que tenían los viejos a mediación de la cuesta ... Era tal la avalancha de desesperados que llegaba a la ciudad, que cada vez las chabolas se apiñaban más y crecían de manera alarmante el número de vecinos con quien repartir las necesidades... ” (p.12)


Algo guardo en mi mente de nuestras chabolas, de las calles heridas de tanta agua y tanto sol, del polvo y la suciedad, de las peleas e insultos, de los golpes que en cualquier momento podían sonar tan cerca como para que te salpicaran, del olor a agua podrida, de los niños desnudos y la gente sin zapatos. .. La cuesta no era como ahora, entonces bajaba casi de golpe y con un suelo sin ningún tipo de construcción ni pavimento, sin más límites que la dureza producida por el continuo pataleo de tanto andar para arriba y para abajo.”


A media cuesta aparecía, a la derecha, las primeras chabolas que se adentraban formando una calle. Allí se alzaba la nuestra, luego se esparcían otras mucho más abajo. (p.13)


Fui paseando en dirección a la cuesta, pero en vez de subir, di un rodeo hacia el cañaveral hasta llegar a la azúa, donde, en la soledad de un sitio tan podrido, me senté a pensar sobre los acontecimientos de la jornada ” (p.147)


Un espacio que queda definitivamente demarcado y guetizado para el asentamiento de la población excluida del “centro”:


Recuerdo que una mañana aparecieron unas máquinas amarillas, enormes, y unos hombres con monos azules que se ponían unos cascos en la cabeza para trabajar.... nos encontramos que, por poco dinero, habían decidido ponernos casa que se asemejaran a las vuestras. Burdas copias que adecentaban la ciudad a los ojos de los de arriba y a sus visitantes. Pero no creáis que la noticia nos llenó de alegría. A los pobres, cualquier cambio, lo más fácil es que les vaya a peor. Sí, ganábamos con tener viviendas mejor construidas, pero dejábamos parte de nuestra libertad... no podíamos cuidar a los animales que nos ayudaban, ni hacer picón, ni tantas otras cosas con que nos buscábamos la subsistencia. Habíamos perdido la calle, la naturaleza, por unas paredes de cemento y unas cubiertas de asfalto. Mi padre no se quería ir, pero le obligaron... Se protestó mucho, pero una vez que nos acostumbramos a los ladrillos, al cuarto de baño, por nada del mundo hubiésemos vuelto a la vida de antes. ” (p.15)


Urbanizar pero no tanto...:


Es la imagen impactante del abandono. Del control del descontrol en tanto que molesta a la vista; en tanto que espacio no controlable. Marcar sus límites puede esconderse tras el amago de arreglar algo para que todo siga igual.


“El débil asfalto no soportó ni el primer invierno...; con las otoñales aguas que cayeron fuerte se desgranó como una mazorca de maíz madura, mostrando en los grises boquetes su miserable construcción. Las calles se llenaron de socavones que, como la fuente, acumulaban la inmundicia y el agua. Aunque, como decía mi madre, siempre era mejor que los antiguos barrizales....


La que tampoco aguantó fue la pintura de las paredes....


Un escándalo fue lo de los bloques que estaban junto a la plaza, que una noche asustaron a sus moradores con unos techos que se caían descalichados como si fueran arenisca...


A la mañana siguiente llegaron unos hombres serios, de trajes impecables y buenos coches, que estuvieron estudiando, sobre el terreno, los defectos de las vigas... Dos días después vinieron unos albañiles que le pusieron cuatro parches al asunto y hasta hoy...” (p.16)


Después del parto dicen que mi madre se puso muy mala, una hemorragia creo que tuvo. Como no podía ir a ningún sitio, allí estuvo la pobre, metida en el cobertizo, no sé cuantos días desangrándose y luego, para colmo, con una infección, de los mismos males digo yo que sería. ” (p.13)


La novela “ Semilla de Áloe ” es dura. No está escrita de cara a la galería. Es una mirada que taladra los repliegues de la gente del barrio, de sus personajes. Y presenta la lucha por la supervivencia. De quienes la asumen servilmente al servicio de otro y de quien decide afrontar la vida en libertad y con las consecuencias que ello comporta en tal selva. Presenta las complejidades y consecuencias de poderes contrapuesto:


”Estaba dejado caer en el mostrador y me vino como una luz a la mente, una idea que no era de lo más descabellada, sobre todo porque pude demostrar luego que era cierta; en mi barrio hay demasiada mala leche... (p.33)


Sobre todo, cuando descubres que un amigo puede personificar la traición. Ese día es una revelación sobre la naturaleza de mundo y el hombre.


En “Semilla de Áloe” no se nos habla de ilegalidades, delincuencia y tráfico de drogas como “estigma y criminalización” del barrio y de sus vecinos. Ruiz Mata presenta un barrio, una periferia, en donde se gana la vida de una manera, y un centro, una ciudad, donde las cosas van de otra manera. Hay un día a partir del cual hay personas que dependen de ti. Te haces mayor, adulto, responsable, y te espabilas. Por libre o en la “empresa” de quien controla el territorio. Una y otra opción comporta sus peculiares riesgos.


Esta división social contrapuesta de “centro” y “periferia” es total, pero con repliegues sobre ella misma. Hay unas intromisiones por parte de los de “arriba” que no acaban de encajar en la lógica de los de “abajo”. Así como, también, respuestas “contundentes” de los de “abajo” hacia los de “arriba”. Es, tal vez, un entramado de “defensa propia” que unos ejercen, “haciendo cumplir la justicia y manteniendo el castigo”; mientras los de abajo ejecutan una “justicia vindicativa y personal” a sangre y fuego.


La cosa tiene gracia., nosotros estamos allí, como si no existiéramos, y de pronto, ¡zas!, va uno de ustedes, dándoselas de no sé qué, venga que si tú has hecho esto, que si has hecho lo otro, como si de verdad os importásemos. Entonces viene el castigo, que de eso saben ustedes bastantes, y ya se olvidan hasta la próxima vez. Y nosotros, por si fuera poco, atentos a la ocurrencia de un tío que no tiene nada mejor en qué entretenerse ” (p.12)


Para ustedes el mundo es todo vuestro, mandáis en todas partes. Nosotros no, nosotros sólo controlamos el rincón de allá abajo, eso que antes eran marismas y al que ustedes no quieren ni siquiera ir. Bueno, pues con esa parte no basta. Allí somos señores, sabemos cómo actuar, qué reglas seguir. No nos da miedo ni nuestro mundo, ni el vuestro” (p.12)


Del espacio público, urbanísticamente predeterminado, al bar como sede “pública” del grupo:


Miles de tratados ha generado la naturaleza del “espacio público” de la ciudad. Se habla de que la naturaleza esencial de la ciudad es su dimensión de ser toda ella espacio público. Las dos imágenes impactantes del texto de Ruiz Mata son esa fuente de la plaza que queda, sin acabar, como lugar inmundo “natural”, connotador” esencial del urbanismo de la zona. Y, a través de toda la novela, el espacio funcional del bar. Ambas imágenes narrativas equivalen a miles de páginas sobre teoría de los espacios urbanos:


“Ya vivíamos abajo cuando cerca de mi calle empezaron a construir una fuente. Parecía que iba a ser grande y con unos chorros que refrescarían la atmósfera del largo verano. Pero no sé por qué motivo pararon la obra, incluso dejaron allí una pequeña caseta para las herramientas, que en poco tiempo fue saqueada.... En cuanto a la fuente, resultó estéril antes del primer chorro; su pretil, a medio construir, nos servía de asiento en las noches de verano; el tubo por donde debía salir el agua, terminó por ceder ante tantos envites... su seno era el sitio ideal para acoger todos los papeles, piedra, maderas, que indecisos volaban o hacíamos volar por los aires. En invierno el agua de lluvia entraba en su interior y removía la basura, quedando una repelente amalgama de agua corrompida y desperdicios. De cualquier forma, la fuente pasó a formar parte de nuestro paisaje urbano. (p.15)


El padre de Olvido... se pasaba más tiempo en el bar que en su casa y bebía como sólo lo pueden hacer los ociosos o los que tienen algo que ahogar, aunque sea los gusarapos de las tripas... (p. 21)


En la puerta de bar (mientras hablaba con el Purrúa) había dos elementos dejados caer sobre los quicios, no dejaban de guipar todos los movimientos que sucedían en el local y en la calle... (p. 27)


El camarero era un desgraciado lameculos... (p.28)


Empecé a frecuentar el bar... (p.28) una partida al billar o al giléi...


Era como si con las responsabilidades que iba adquiriendo al mantener una mujer con el vientre abultado en casa, al ver todas las mañanas a una madre que también me alargaba la mano para ir a la compra, o vivir en un barrio que estaba atento a mis movimientos, me sintiese con el derecho de estar en el bar, con las prerrogativas de discutir de temas hasta entonces desconocidos, con las posibilidades de aprender juegos diferentes. También, con eso, me refugiaba para no sentir el pudor incipiente de no tener un techo, ni unos hombres con quien compartir las miserias que nos encontramos. (p. 38)


“... el día se fue poniendo nublado.... El mejor sitio para esos momentos es el bar, una buena partida, una conversación acalorada, unas copas, y ya no te acuerdas de nada, el mundo se reduce a las paredes del recinto. Llegué al bar como el peregrino que encuentra una posada justo cuando se va acabando el día.... (p.47)


 


La calle como espacio socializador:


“Perros callejeros” tituló José Antonio de la Loma su película sobre “el Vaquilla” y su barrio, La Mina. Una novela de Cesbron sobre la infancia y juventud abandonada a su suerte en las calles de las ciudades francesas, “Perros sin collar”, fue un éxito por los años ochenta. En el fondo con frecuencia se hace referencia a una libertad sin norte o, mejor, a un abandono a su suerte y el perro, ese noble animal. Aquel nuncio de la televisión de un perro abandonado y el consabido “él nunca lo haría” tiene su carga de verdad. La relación entre “calle” y “juventud” es definitiva. También, “abajo de la cuesta”.


Naces... tienes una familia ... que es tu mundo hasta que descubres la calle , donde juegas, donde aprendes a respetar a unos y a mandar sobre otros, donde te obligan a aguantar al que no tienes más remedio y te enseñan a buscarte la vida de la forma más fácil posible y sobre todo que existe un mundo allá, más arriba, donde termina la cuesta , donde no hay tanta humedad, ni tanta basura, ni tantos hoyos en las calles y mucha más luz.


Y así, por una inercia natural cuya razón de ser nadie se plantea, te ves un día apoyado en el quicio de una puerta, en el chaflán de un bloque, en una fresca esquina en las tardes y en las noches de verano... Con pequeños cortes en la mejilla que dan hombría, un cigarro humeante en los labios, y la cerveza entre las piernas, aprende a escupir a gran distancia, con implacable destreza; apedreas o acaricias a los perros, según le venga en gana al cuerpo,; practicas el difícil arte de mirar a las mujeres; consigues, sin demasiadas lucubraciones, llevar una conversación a base de monosílabos y palabras prefijadas, en la que no existen conceptos claros, pero que a nadie le importa no entender completamente... te inicias en el comprometido campo de lucha por la subsistencia diaria...


...la vida nos aguarda tantas oportunidades que no merece la pena forzarla.


(p.19)


El padre de Olvido... se pasaba más tiempo en el bar que en su casa y bebía como sólo lo pueden hacer los ociosos o los que tienen algo que ahogar, aunque sea los gusarapos de las tripas... andaba siempre de bronca... fanfarrón y despiadado... sus víctimas.... tenían que aguantar sus absurdas discusiones y bravuconadas... y ellas, madre e hijas, sus broncas, y borracheras diarias.... (p.21)


 


Equipamientos y servicios. La escuela y los maestros:


“En lo que a mí respecta, con las nuevas casas vino la escuela....


El primer maestro que tuve se llamaba don Cosme, fue el que más duró y no llegó al año, luego nos lo cambiaban dos y tres veces al año... Don Cosme venía del norte. Su carácter era de resabiado, como si viviese a disgusto con su existencia. Nos consideraba como si fuésemos pobres diablos sin cultura; a todos los de la región en general y a los de nuestro barrio en particular”.


“Lo que sí abundaba en la escuela eran las chinches”. (p.17)


La novela narra los hechos en un tiempo propio, pero estas imágenes escolares retrotraen a cierta época hundida en la represión tras una guerra civil. A las depuraciones y traslados que midieron tan fuertemente al profesorado de la escuela pública quien, en alguno de sus personajes, en su condición de víctima y represaliado, engendraban nuevas víctimas. Maestros del norte depurados y castigados con destino al sur. Directores de escuela -autóctonos- durante el periodo republicano, reducidos a la categoría, casi, de conserjes....


Un barrio cuyos niños, sin infancia, serán carne de comisarías, juzgados, reformatorios y cárceles. Esta la relación excluyente, marginal, de la gente del barrio se complementa -desde el sistema- con la medida reinsertora de la prisión como un perverso remedio social integrador.


- juzgados :


De los primeros años de mi vida no recuerdo nada... Es más, en el juzgado dijo alguien que mis problemas vienen de cómo me desarrollé durante la infancia. ¡Tiene narices la cosa! O sea, que no me acuerdo de nada de lo que pasó y encima me crea complicaciones.” (p.13)


- comisarías:


Transcurridas casi las setenta y dos horas desde la detención, no tuvieron más remedio que soltarme, no sin antes darme una ominosa advertencia:


- No te preocupes, que ya nos volveremos a ver, los que son como tú siempre regresan: éste es tu segundo hogar


- y cárceles:


“Eso de la reinserción es algo que los políticos se toman muy en serio. En un caso como el mío daba gusto demostrar a la sociedad cómo habían cogido a un parricida para convertirlo en una persona, no sólo normal sino incluso de lo más tranquila y pacífica... (p.109)


Un territorio periférico con una estructura y control social no menos opresor que el poder “formal” de la ciudad:


a) en tiempo de Juan Orozco:


El Purrúa quiere verte. Tiene algo para ti... (p.25)


 


Yo sabía que el hombre formaba como un grupo aparte dentro del barrio; había gente que trabajaba para él, aunque todos lo negasen y él se excusara diciendo que no, que solo ofrecía una ayuda para que los vecinos salieran adelante en este tiempo tan desastroso que nos había tocado vivir. Era de los pocos que aquí tenía dinero y se jactaba de ello y de su extraordinaria caridad para con los necesitados que venían a pedirle ayuda.


A mí me caía mal ese hombre, no sé exactamente por qué, , tal vez por esos aires, por llevar siempre tanta gente moviéndose a su alrededor. El tener que actuar como a él le pareciera y estar sujeto a una organización sin moverte a tu ritmo eran cosas que nunca me gustaron.... lo único que pretendo es buscarme la vida a mi aire... Luego están las normas, los códigos, el miedo que intentan imbuirte


De todas formas, sus habilidades no le habían servido para subir definitivamente la cuesta. (p. 26)


Se las daba de padre.... “(yo) lo único que busco es el bien para el barrio... si me quedo en el barrio es porque quiero y porque me sale de ahí... Todos saben que si no me voy de aquí es porque me gusta este barrio”


... a mí me gusta ir a mi aire, sin tener quien me atosigue, ni quien me quiera ajustar las cuentas. ... esa manía la que tienen todos de ser protectores nuestros, de que siempre le tengamos que deber a alguien la comida que nos alimenta, la ropa, la casa; hasta el mismo existir... Yo sé buscarme la vida solo, nunca me ha hecho falta nadie. ( p. 77)


b) cuando el amigo de Juan Orozco, tras su libertad, llega al barrio:


... llegué al campo de fútbol. Me senté en una piedra y me puse a fumar con tranquilidad... Entretenido en el juego no supe de dónde aparecieron tres hombres que se acercaron por la banda hasta el sitio donde yo estaba. Parecían tres curas que habían sacado a los niños al recreo. Uno de ellos hizo un comentario mientras me miraba, los demás retuvieron el paso, tras unas breves y descaradas risas llegaron a mi altura.


- Contigo queríamos hablar


- Pues ustedes dirán.


- Aquí, éste no es sitio.


Daban muestra de conocer a la perfección el terreno que pisaban, y, sobre todo, que los del barrio también lo sabían y los respetaban por ello.


Entré en el establecimiento, en una mesa al fondo estaban los individuos de marras. Al acercarme, dos de ellos se levantaron con exagerada parsimonia y se fueron a sentar en otra mesa al lado opuesto del local.


- Ven siéntate aquí a mi lado.


Me volví para que vieran que estaba pendiente de la maniobra de los otros dos y, con mucha tranquilidad, queriendo que la situación no se me fuera de las manos, me senté donde me indicaba aquel individuo...


-Sabemos muchas cosas de ti... Conocemos tu relación con Juan (Orozco) y que has venido a interesarte por su familia...


- Sí, y qué


- Pues nada, que ya has cumplido con tu deber y que no tienes nada más que hacer en este barrio.... Digamos que a los del barrio no nos gusta la gente que no es de aquí. Aunque hayan salido de la trena.


- ... nadie tiene por qué prohibirme nada. Además, me encuentro bien en este barrio y quiero vivir en él.


- Bueno, como tú quieras. Luego no digas que no te advertimos.


- Tú te llamas Justo, ¿verdad?


- Puede ser...


.... ¿Por qué le iba a tener miedo a las amenazas? ¿No son parte de esta vida...?


(p. 143 ss.)


Al tiempo, el barrio es un referente simbólico del “paraíso” interior, de los momentos en que te encuentras a gusto contigo y con el medio:


(Al salir en libertad de la comisaría) “ Bajé, me fui al estanco, y fumando con cierta tranquilidad me di una vuelta por el barrio, al que me parecía no haber visto desde mucho tiempo atrás. Disfrutaba del color de los bloques, necesitaba llenarme de la luz de la tarde, me apetecía abrirme al saludo fugaz de los amigos, contemplar la placidez de las lomas cercanas, barrizales que como madre telúrica acoge a cuantos vivimos desahuciados. Entré en el bar... ” (p. 39)


Al caer la tarde me gustaba pasear por los alrededores del barrio, avanzar por la carretera, saltar al otro lado y perderme por entre las lomas de arcilla. Pero cuando más disfrutaba era cuando me colaba entre las cañas, y me sentaba junto al canal a fumar un cigarro mientras contemplaba a las caprichosas y desleales nubes desenvolverse en el cielo. El alma se me ensanchaba al sentirme huir con los febriles pájaros que se agitaban en el aire entre celosas riñas, chirridos histéricos y audaces picados. Necesitaba experimentar la vida mientras llegaba el viento húmedo que corría ansioso y juguetón desde el fondo mismo de la bahía. (p.60)


Aquellos días de reclusión me ahogaban más que todos los años anteriores... El barrio me recibió con toda la radiante luz de la mañana., con un cielo azul que se extendía a través del horizonte hasta darle forma a todo el conjunto. Desde arriba de la cuesta se veían sus bloques que la distancia hacía ver más blancos, menos sucios; con sus calles alegres, sin que se notasen los socavones ni el barro; con los colores dispersos de las flores y la ropa tendida en las ventanas; sin los riesgos de la humedad persistente...


( pág. 180-181)


El barrio como territorio libremente escogido para vivir:


Observé los diferentes rincones. Sin intención previa los comparaba con los que aparecían en mi relato, intentaba contraponer mi realidad con la otra, no menos cierta, de la vida de Juan... Es todo tan subjetivo, que la vida es cuestión de matices inexactos, de observaciones personales. Volví sobre mis pasos... ” (p.121)


Subí la cuesta, desde arriba contemplé el barrio. Una nueva y agradable sensación, aún sin definir, se alzó desde él con la luz del mediodía ” (p.129)


En esta sociedad dual, “los de arriba” y “los de allá abajo”, el centro y la periferia, la ciudad y el barrio, el centro urbano es un territorio de contraste, respecto a la zona del barrio, con su peculiar urbanismo y arquitecturas, con sus lugares públicos y sus servicios:


- el mercado:


..... me vi abocado por las calles a sumergirme en el centro de la ciudad ... desembarqué en la plaza del mercado, con las vendedoras ambulantes sentadas en pequeñas sillas sobre la acera y un capazo delante, haciendo ver los buenos limones, ajos, tagarninas , caracoles,.... Por una de las puertas del edificio me golpearon los aires venidos desde la bahía...


En un banco de una plaza sin niños me senté a echar cuenta de los recuerdos... Hice balance... Me levanté con paso tranquilo e indeciso, me dirigí hacia allá abajo ... (p. 110-111)


- lo urbano como espacio de libertad:


Volví al seno de la ciudad, en ella me encontraba bien. Perdido entre la gente, los autos, los ruidos; cambiando de acera, de calle, de dirección... Entrando en una callejuela, en unos almacenes o en un autobús a punto de partir cuando sentía que era preciso despistarme, cuando mi organismo me solicitaba un momento de reposo. Pasando del sol a la sombra, de la penumbra al solano, según necesitase el cuerpo. Disfrutando de la calina, del viento fresco que te golpea el rostro, de la persistente humedad de la noche, de la blandura de las mañanas del sol esquivo.


(p. 136)


La casualidad me llevó a la avenida de la Alcaicería donde estaba el bar musical en el que Juan ajustó las cuentas.. . (p.151)


El centro histórico de la ciudad. El uso de los palacetes y antiguos edificios: la zona que se despuebla y deteriora:


Entramos en la zona más antigua de la ciudad, en calles mal empedradas, de una iluminación casi fantasmal, de unos ecos que se dispersan por las bocacalles y regresan por detrás, como si llegasen de otro lado... Un barrio con casas blancas en las que sus ventanas son huecos negros que se introducen como clavos en la ceguera de sus moradores, con puertas siempre cerradas y que solo dejan pasar viejas historias que se repiten, con zócalos que alimentan con su sangre al verdín y al jaramago hasta quedar cuarteados y abiertos a causa de su propio desvarío hasta mostrar su pobre y antigua construcción... Muros que se abomban bajo el peso de los tejados y que escupen el sudor por las fisuras de los húmedos canales de zinc ” (p. 159)


 


El rechazo de “los de arriba”, de la gente del centro:


“En el barrio no me podía estar, se me hacía pequeño; además, estaba cansado de ver siempre a la misma gente, los mismos edificios. Las noches que me sucedía eso, cogía y me largaba para arriba de la cuesta. .. Allí me codeaba con gente de otro nivel... De todas formas, intuía que allí no era bien recibido, pero tampoco se atrevían a decírmelo abiertamente; en el fondo, todos somos unos pobres cobardes... yo pagaba y volvía a pedir otra copa, sin hacer caso de las muestras de hostilidades de todos los presente...((p.48)


Aquel hombre tenía la peregrina idea de que las personas como yo no deberíamos ni siquiera existir. Y si no había más remedio, al menos que viviéramos de una manera prudente; o lo que es lo mismo, sin que se notase demasiado nuestra presencia.. Aunque lo mejor que podíamos hacer, según su teoría, era quedarnos en el gueto hasta que la muerte tuviera compasión y se dignara visitarnos” (p.49)


“... los improperios de quien no tienen más mérito que su sentimiento de superioridad” (p. 65)


La ciudad y su periferia: dos mundos diversos y una realidad verdadera:


Sentado en el bordillo de la acera.... Miraba a uno y otro lado y solo se veía la avenida, símbolo emblemático de la ciudad y su proyección hacia el futuro. Es curiosa esta gente, nos detestan por nuestro aspecto, por nuestra forma de vida, y en cambio ellos son víctimas de sus triunfos, de su honor, de su honra, de su monogamia. Tienen que soportar a sus curas, a sus santos, a sus mujeres, sus frustraciones. Esclavos de la felicidad, la libertad, la gloria, el placer, sólo creen en normas, en censuras, en conveniencias. Y al final están solos, doscientos mil habitantes solitarios que necesitan conversación pero que no se atreven a hablar con nadie, porque a nadie le importa lo que le pase a nadie.” (p. 51)


 


El lazo de la sangre:


“... que se diese cuenta de que aún en la cuna, ya tenía a alguien que estaba dispuesto a luchar por él, alguien comprometido a cuidarlo para que nada faltase” (p. 53)


Machismo y violencia de género:


El padre de Olvido... se pasaba más tiempo en el bar que en su casa y bebía como sólo lo pueden hacer los ociosos o los que tienen algo que ahogar, aunque sea los gusarapos de las tripas... andaba siempre de bronca... fanfarrón y despiadado... sus víctimas.... tenían que aguantar sus absurdas discusiones y bravuconadas... y ellas, madre e hijas, sus broncas, y borracheras diarias.... (p. 21 )


Las faldas de las mujeres son algo que como se te peguen no hay quien te las quite. Por eso me fui retirando de la casa, aunque no tuviese gane, me entretenía jugando alguna partida de giléi en el bar.....” (p. 54)


“A las mujeres les gusta que se les mienta. Siempre, claro está, que el embuste sea mejor que la realidad” (p. 58)


- Y deja a las mujeres del barrio en paz, que de ellas nos encargamos nosotros... (p. 175)


El barrio, territorio controlado:


“... regresé al barrio... y por el cañaveral me adentré en el territorio que me era propicio”


(p. 74)


El barrio: zona peligrosa :


Una tarde, no hacía ni un mes desde mi vuelta, me eché un paseo por la tarde de atrás del barrio por un lado que no acostumbraba a frecuentar, sabía que era un territorio peligroso y lo había evitado hasta el momento, pero si quería vivir allí, no era cuestión de tener ningún lugar vedado(p. 186)


 


El barrio y sus normas:


Ahora resulta que me acusan de haberme cargado al Purrúa y al Bizco, dos que eran de allá abajo. Bueno, y a vosotros, ¿qué os importa?, ¿tenéis algo que ver con ello?, ésas son cosas nuestras, allí nos guían otras normas que ustedes ni conocen ni quieren saber de ellas . Son leyes antiguas, que nos sirven desde siempre; yo, al menos, las aprendí de muy niño y siempre las he respetado” (p.77)


 


Para acabar estas notas, la referencia breve a dos símbolos (ambivalentes y polisémicos):


 


la luz:


.... estancia débilmente iluminada por un pequeño reverbero (p. 161)


El barrio me recibió con toda la radiante luz de la mañana ...” (p. 181)


 


y el agua:


Me fui al canal y me dejé caer sobre un pequeño montículo... Contemplaba cómo las aguas impelían todo lo que encontraba a su paso, cómo libraba a la ciudad y luego a nosotros de todo lo que le sobraba, de todo lo que se presentaba como inútil. El sol daba sobre la superficie oscura hasta hacerla brillar , hasta hacernos olvidar su contenido, provocando con su movimiento que nos dejemos llevar por ella, que nos arriesguemos a conocer sus secretos, los mundos que nos guarda detrás de la curva en la que desaparece entre bloques de hormigón. (p. 187)


Insisto en ello. “Semilla de Áloe” es una dura, tierna, bella y profunda novela.


 


[1] ) Ruiz Mata, J. F.: 1995: Semilla de Aloe , Madrid, Calambur.


[2] ) José F. Ruiz Mata (Jerez, 1953) Es director de la revista de literatura “Tierra de Nadie”. Puede verse breves comentarios de sus obras editadas en Calambur en la web de la editorial. Hasta el momento “El talud de cristal”, libro que contiene nueve relatos; “El hombre que nos acompaña” (1993); “Semilla de áloe” (1995); “La mano que aprieta” (1999)


[3] ) Jornadas sobre Movimiento Vecinal y Estrategias de Participación Social. Jerez de la Frontera 6 de noviembre de 2004.


[4] ) Moreno Barranco, José: “Arcadia feliz”, Publicaciones del Ayuntamiento de Jerez, 2003


[5] ) Carrera Moreno, José Joaquín: “Revelaciones de un náufrago”: Ibíd.


[6] ) En su anterior novela, “El hombre que nos acompaña” (1993), Ruiz Mata novelaba la zona intermedia entre la periferia marginada y el centro. Y en ella nos daba noticia de esta otra zona, contrapuesta al centro, de la ciudad. Decía: “Mi calle constituía en cierta forma la arteria del barrio, quizás porque era la más ancha, o porque servía algo así como de frontera entre la civilización y los suburbios. Al bajar por ella, a la derecha de mi ventana, nos hallábamos en muy pocos instantes en el centro de la ciudad. Pero al subir por la izquierda hasta la plaza del Cristo, se podía ver desde allí cómo, en fuerte pendiente, se iba extendiendo la zona de las chabolas, de las casas sin enfoscar, de los hombres sin oficio concreto, de las calles de lodo en invierno y polvo en verano. Y, más allá, la campiña. Entre mi calle y esa zona se encontraba el que era uno de los barrios más arraigados en el flamenco de la ciudad” (pág. 13). .. Al igual que su posición social entre el centro y los suburbios, mi calle tenía su propia idiosincrasia; así, a medida que se bajaba por ella, su nivel social iba en aumento (pág. 15)...


[7] ) En otro lugar he hecho referencia a la interrelación del análisis novelístico de la “ciudad” y el interés en los estudios sociales. Con frecuencia la formación compleja de los espacios urbanos en periodos concretos se reflejan perfectamente en un género como es la novela. Barcelona tiene suerte por contar con una larga tradición novelística que ha ofrecido a lo largo de los siglos XIX y XX un retrato de Barcelona múltiple y cambiante, a tenor de los distintos contextos sociopolíticos y culturales (Cfr. “La gran novel·la de Barcelona. De Narcís Oller fins avui”, Seminario de Estudios, Barcelona, Arxiu històric de la ciutat, 2005) ; Jerez, aunque no sabemos si el tema está estudiado al detalle, también cuenta con una cierta tradición.


[8] ) Francisco Candel: 1957: “Donde la ciudad cambia de nombre”, Barcelona, Plaza.


[9] ) Jarauta, Francisco: “Construir la ciudad genérica”, en “Le Monde diplomatique”, nº. 112, febrero 2005


[10] ) En su anterior novela ya citada, “El hombre que nos acompaña”, Ruiz Mata, al describir a “los campilleros” y su agresividad, ya anotaba, en cierta manera, el sentido de la misma: “Nuestra madre nos lavaba por lo alto, nos peinaba y tras darnos un trozo de pan con aceite, nos echaba a la calle. Ella nos repetía que tuviésemos cuidado con los campilleros, denominación que les daban a los habitantes de la zona llamada del Campillo, aunque su utilización se generalizó para definir a toda persona de baja condición, que en aquella época no resultaban escasas. Eran unos seres morenos de sol y de la suciedad acumulada, se criaban medios desnudos y descalzos, ni pisaban jamás una escuela. Se dedicaban a oficios que iban desde la mendicidad y los pequeños hurtos, a otros como basureros, albañiles o carboneros. Aún permanece en mi memoria que, cuando jugábamos a la pelota en la plaza del Cristo y a los campilleros les daba por aparecer, todos nos teníamos que quitar y dejarles el sitio a ellos, para que practicaran un fútbol primario y salvaje. Aquel quitarnos de enmedio lo veo ahora como una pequeña venganza hacia la sociedad, practicadas en otros que, aunque pobres, no habían llegado aún a la miseria (pág. 66-67)


[11] ) “ Espacio geográficamente periférico respecto al centro de la ciudad, marginal y físicamente guetizado . Con problemas geofísicos o de baja calidad urbanística, desde el punto de vista de la rentabilidad para el promotor privado. Territorio desconexo de la trama urbana. El “continuum urbano” de la ciudad se interrumpe y la continuación del trazado de las calles asfaltadas acaban marcando una “frontera” real. Con múltiples barreras físicas: carreteras, autopistas, vías de ferrocarril sin pasos, ríos dividiendo el territorio sin puentes o pasos peatonales,... Espacios públicos degradados y “colonizados” por una determinada tipología de la comunidad. Infraviviendas o viviendas deterioradas por falta del mínimo mantenimiento o por graves patología de construcción.”, en Marín Rodríguez, José Francisco: “ La complejidad de los territorios urbanos periféricos y marginados: del análisis al diseño de un plan de transformación integral”, en Metodologías y Estrategias de Transformación en barrios marginados y periféricos. Jornadas sobre Movimiento vecinal y Estrategias de Participación vecinal . Jerez, 6 y 8 de noviembre de 2004.


  

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