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Conversaciones frente al universo

Conversaciones frente al universo

Sigo siendo una araña de Marte. Mis visitas a Pepe, amigo y notable adalid del judaísmo, pentateuco de la noche, suelen ser visitas de halcón de la noche, visitas a la hora del té pero doce horas después. Es decir, cambiamos el té por la ginebra, capital del cantón de su mismo nombre. Hablamos sobre proyectos, sobre la vida,  y discutimos, una canción por ahí, un vídeo por allá, en fin, procesamiento serial  o distribuido en paralelo, quién sabe cómo está afectando la tecnología al cerebro humano.


Ninguna visita ha tenido el poder alegórico que tuvo la de anoche. Un enorme salvapantallas del universo y la tierra girando, dando vueltas, ocultada por el sol, rebanada por un eclipse, untada con mantequilla por la soberbia del ser humano. Todo en una grandísima televisón. Las olas susurraban y se movían lentas y tranquilas en mitad de la noche. La inmesidad del mar siempre me ha parecido un buen relativizador. Pero nunca pensé que un salvapantallas pudiera llegar a serlo. Parece ridículo y lo es, sin duda. Pero más ridículo me sentía yo cuando, en mitad de ese universo, pensaba lo arrogantes que somos como especie. No pude contenerme: "por eso tengo que recoger la mierda de mi perra" Una idea que puede parecer trillada, muy vista, pero, sin duda, necesaria.


A la visita se nos unió agradablemente Marta y seguíamos viendo a la tierra girar en mitad de la habitación, como suspendida en el mar y las olas. Al cabo de un rato dejamos a Pepe dormir, debía ir a la procesión del Corpus al día siguiente, y salimos a la quietud de la noche.


Y en esa quietud de la noche, vamos a ser claros, nos topamos con la estupidez humana, la clase de especie que realmente podemos llegar a ser, esa clase de materia inerte que nunca verá el salvapantallas, un verdadero imbécil al que retorcería el cuello y que, tomando la calle Higuereta como si fueran las 24 horas de Le mans, pasó como gilipollas/trueno poniéndonos en peligro. En esos momentos, con matices, me siento Clint Eastwood. El cobarde seguía en su circuito, acelerando hacia la imbecilidad de la que nunca se separará. Marta y yo, ya más tranquilos, caminábamos preguntándonos por algún gorrión dormido. Había terminado la noche.

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1 comentario

Noctámbula Marta -

Gracias amigo judio por tu hospitalidad solidaria, por tu limonada fresquita, chocolates y judias.Gracias Harry el Sucio por tu compañia en la inquitud de una aparente noche tranquila.
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